30/10/08

Che: guerrillero heroico, terrorista infame

Por Santiago Navajas
LiberPress- Libertad Digital- Octubre de 2008 - Al principio del rodaje de su díptico sobre el terrorista marxista-maoísta Ernesto Che Guevara, el director norteamericano Steven Soderbergh reunió a los actores y les dijo que iban a hacer una película sobre "los últimos idealistas". La anécdota revela la confusión conceptual que lastra cinematográficamente este proyecto de iluminar la vida revolucionaria del médico asmático argentino que fumaba puros cubanos.
Se acaba de estrenar Che, el argentino, cuya segunda parte –Guerrilla– tiene previsto proyectarse al inicio de 2009. De lo que podemos estar seguros es de que Soderbergh no es tan idealista como su admirado y mitificado personaje. A la pregunta de por qué no ha estrenado la película en su formato originario, tal y como se ha proyectado en diversos festivales, ha contestado como sigue:
La gente no tiene tiempo para pasar toda una tarde en el cine (…) Como ejercicio capitalista, creo que va a encontrar su audiencia (…) Desde un estricto sentido comercial, lo que tenemos aquí es una película con una marca perfecta: ¿quién no conoce al Che? El filme trata de desvelar el misterio del origen del mito.
Si nos atenemos a su declaración de intenciones, la película es un éxito como artefacto capitalista (en su primera semana fue la más taquillera) y un fracaso como experiencia artística. Superficial y desmañada, aburrida en su grandilocuencia ahogada, manipuladora en su pedagogismo regurgitado, a través de 140 minutos Soderbergh sólo acierta a retratar con garra y justeza a… ¡Fidel Castro!, interpretado con alegre desparpajo por Demián Bichir. No es de extrañar que las autoridades cubanas hayan advertido de que la cinta posiblemente será censurada en el próximo Festival de la Habana.
El argentino comienza con una cena en un apartamento en el que están reunidos varios conspiradores contra la dictadura de Batista, entre los que se encuentra Ernesto Guevara. Unos tremendos golpes en la puerta hacen que todos se teman la llegada de la policía. Pero es sólo Fidel Castro, que con su energía habitual monopoliza durante la reunión la charla revolucionaria, salpicada de estadísticas de pobreza y consignas militaristas. Más tarde, ya a solas, Castro y Guevara sellan una alianza basada en la locura.
El resto de la película transcurre en Sierra Maestra, en las luchas guerrilleras contra el ejército cubano, en las que Soderbergh se rinde a la imagen mítica del Che estampada en camisetas y tangas, tatuajes y posavasos: carismático, duro y rebelde. La fotografía estándar del cine hollywoodiense cuando se trata de junglas se combina con la música épico-lírica al uso, compuesta por el cada vez más impersonal Alberto Iglesias. El contrapunto del Che sudoroso, asmático y temerario en las trincheras caribeñas se sitúa en los lujosos apartamentos neoyorquinos en los que la radical-chic homenajea al buen salvaje, venido del inframundo tercermundista para hablar ante la ONU en representación de Cuba, cuando lanzó ese famoso y terrible discurso en el que amenazó con exportar la guerra revolucionaria a todo el continente americano.
Este es el momento más indecente de la película, cuando nos preguntamos si Soderbergh es sólo un ingenuo que se ha leído todos los libros sobre el Che sin entender ninguno o es un cínico que sabía que el éxito de la película dependía de una calculada ambigüedad. ¿Cómo conseguir que el reconocimiento por parte del Che de que la revolución castrista se ha despeñado por el asesinato como medio revolucionario sea admitido con aquiescencia por el espectador? Pues mostrando, antes de que Guevara proclame soberbio ante los embajadores: "Fusilamientos, sí; hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario"; mostrando, decía, una ejecución con la que el personal esté emocionalmente de acuerdo: la de dos desertores de la tropa castrista que se habían dedicado a robar a los campesinos y violar a sus mujeres e hijas. Un buen ejemplo de torticero montaje dialéctico.
Naturalmente, dado que Soderberg concibe su película como un arma de desinformación masiva, el final nos muestra a un Che triunfante en su acoso a la ciudad de Santa Clara, sin que por un momento se le vea cumpliendo su labor de matarife burocrático en La Cabaña.
Soderberg ha querido exculpar al Che, "comprenderlo", haciendo referencia al contexto. Ha venido a decir que era la reencarnación de Washington, Jefferson y Adams juntos. Para ello ha tenido que despreciar y satanizar a los adversarios de Batista que luchaban contra el dictador por medios no violentos y a los que querían la derrota de la dictadura para implantar en su lugar una democracia liberal. Ernesto Guevara, como buen marxista, detestaba todavía más a estos pequeños burgueses que a Batista. Asimismo, y siguiendo el guión guevarista, los líderes de la oposición son presentados como corruptos "negociadores", tan distantes del purísimo, inmaculado argentino.
Por supuesto, el Che nada tenía que ver con los libertadores americanos, y de buscarle un paralelo histórico habría más bien que aludir a la virtud paranoica y el furor homicida de los revolucionarios Robespierre y Saint-Just. A Guevara se le puede aplicar perfectamente el atinado y tremendo análisis que dedicó Hegel a los jacobinos franceses:
La respuesta que Robespierre tenía dispuesta para todo era: la mort! Su uniformidad es soberanamente aburrida, pero vale para todo (…) Yo puedo matar todas las cosas, hacer abstracción de todo. Así, la propia infatuación es irresistible y puede superarlo todo. Pero lo supremo, lo más alto que habría que superar sería precisamente esta libertad, esta muerte misma.
Se entiende ahora mejor la trampa de la sentencia promocional del film: "Un revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor; amor a la humanidad, a la verdad y a la justicia". Y es que la gran paradoja, que Soderbergh no llega siquiera a rozar, es que el amor por la humanidad, en abstracto, es compatible con el odio hacia todos y cada uno los hombres, en concreto. Una paradoja que terminó devorando a Ernesto Guevara, uno de los sudamericanos más importantes del siglo XX para Soderbergh y la presidenta argentina. Así les va.
Comenta Soderbergh que su objetivo es que la chica que vio una vez en Manhattan con el rostro del Che tatuado en el trasero conozca mejor al hombre tras la máscara mercantilizada. Me temo que la chica seguirá perteneciendo al club de los grandes ignorantes que admiran a Guevara, y al que pertenecen desde Maradona al director de Le Monde Diplomatique, pasando por Mike Tyson. En cuanto a los que lo conocen de verdad –por ejemplo, el terrorista Iñaki Bilbao, que vestía una camiseta con su efigie el día en que amenazó a un juez de la Audiencia Nacional con pegarle siete tiros–, les parecerá insufriblemente superficial, al mostrar un Che descafeinado ideológicamente, una versión cubana del Capitán América. Al resto, a los que sólo buscan una buena película, les pronostico una tarde laaarga y aburrida.

CHE: EL ARGENTINO (EEUU-España, 2008; 140 minutos). Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Petr Buchman. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Benicio del Toro, Demián Bichir, Elvira Mínguez, Jorge Perugorría, Eduard Fernández, Óscar Jaenada, Carlos Bardem. Calificación: Interminable (5/10).

5/10/08

Ernesto "Che" Guevara. Crimen e incapacidad estratégica

Por Oscar Elía Mañú

LiberPress/ GEES - Lecciones maoístas, lecciones leninistas: Si Lenin unió el materialismo dialéctico de Marx a una forma de hacer política despiadada y cruel, Mao Tse Tung dio un paso más que éste, y sumió la guerra revolucionaria en una profunda hostilidad que sólo Ho Chi Minh y algunos émulos hispanoamericanos conseguirían superar. Mao, a diferencia de sus camaradas soviéticos, dotó a su revolución de un carácter telúrico que el leninismo no poseía; la guerra revolucionaria sería además la guerra de liberación nacional. Liberar China para liberar al mundo se convirtió en la misión máxima maoísta. La lucha contra el capitalista se fundía con la lucha contra el invasor en defensa de la tierra, de manera que la violencia ascendió en el país chino hasta sus límites extremos.
El componente nacionalista no será ajeno a la enemistad entre chinos y soviéticos, e introducirá un componente ideológico nuevo en la revolución marxista. A partir de la obra de Mao, la guerra mundial contra el capitalismo pasó a ser la guerra de los pueblos por su independencia. La guerra revolucionaria asiática se convirtió en el espejo de la izquierda mundial; vía Vietnam y Argelia, llegaría hasta los matarifes etarras. Durante años, los asesinos etarras soñaban con convertir las estribaciones del Txindoki o de la sierra de Aralar en las selvas chinas o vietnamitas.
El éxito maoísta no fue casual, como no lo fue el de Lenin. Ambos tenían en mente dos de los principios eternos de la estrategia; ésta debe adaptarse a las circunstancias históricas –institucionales, sociales, económicas, humanas, geográficas- en las que se desarrolla. Y, como Lenin había leído en Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Lo que en términos revolucionarios viene a indicar la necesidad de preparar las condiciones políticas para la guerra final.
El genio estratégico de Mao consistió en adaptarse a las circunstancias, tal y como Lenin había hecho tiempo antes; las leyes de la dirección de la guerra cambian en función de las condiciones de la guerra, o sea, tiempo, lugar y carácter de la misma. En cuanto al factor tiempo, tanto la guerra como las leyes de su dirección se desarrollan. Cada etapa histórica tiene sus características, y, por lo tanto, las leyes de la guerra en cada etapa histórica tienen las suyas y no pueden ser trasladadas mecánicamente de una etapa a otra”(“Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria china”, capítulo primero)
En la China colonial poco sentido tenía la revolución proletaria urbana con que Marx soñaba y que Lenin llevó a cabo. Las barricadas y las fábricas se convirtieron en las emboscadas en la jungla, el obrero se convirtió en el campesino. Además, estaba la ocupación japonesa. El Partido Comunista de China hizo imposible cualquier revuelta nacionalista; levantarse contra el orden político pertenecía tanto a la ideología nacionalista como a la comunista; el imperialismo unía armoniosamente ambas figuras.
Mao tampoco obvió la otra característica heredada de la propia naturaleza de la guerra; ésta es la continuación de la política por otros medios. Lenin, leyó con agrado a Clausewitz, y sacó la consecuencia acertada; las guerras de las potencias occidentales son la continuación de su política capitalista. El imperialismo es la continuación necesaria del capitalismo. Y a esto debía oponerse una guerra igualmente política; la guerra revolucionaria era la continuación de la política revolucionaria. Si la guerra revolucionaria sería la guerra popular, el pueblo era el origen y el fin de ella. En consecuencia, el maoísmo abordará primero los corazones y mentes de los campesinos. Eliminará maestros, médicos e intelectuales. Y caerá sobre los campesinos con todo el peso ideológico de la revolución; adoctrinamiento, propaganda, organización: “Debemos ayudar a las masas a comprender que nosotros representamos sus intereses y que nuestro aliento se funde con el suyo. Debemos ayudarlas a que, partiendo de estas cosas, lleguen a comprender las tareas aún más elevadas que hemos planteado, las de la guerra revolucionaria, de manera que apoyen la revolución, la extiendan a todo el país, respondan a nuestros llamamientos políticos”(”Preocupémonos de las condiciones de vida de las masas”, discurso de enero 1934)
Tanto Lenin, padre de la revolución, como Mao, padre de la guerra revolucionaria, tenían claros ambos principios; adaptación de la guerra a las circunstancias, preeminencia de la política revolucionaria. Ello, unido a una violencia y un desprecio por la vida humana repulsivo, les proporcionó el triunfo esperado. Captaron que ambas leyes no eran optativas; constituían la condición de posibilidad para el triunfo revolucionario.

Guevara: cortocircuito China-Cuba: Cuba sólo era China en la mente ciega de los comunistas hispanoamericanos. A finales de los cincuenta, el régimen de Batista había comenzado a caer en desgracia, sin empujón revolucionario alguno. El descontento ante el régimen era generalizado; la crisis económica y la corrupción generalizada, la oposición entre las clases urbanas ilustradas cada vez más poderosa.
Ironía estratégica o casualidad histórica, la guerrilla castrista no fue ni el único ni el más importante factor de la caída de Batista. No fueron Castro y Guevara quienes acabaron con el dictador; desde los estudiantes hasta los empresarios, la oposición al dictador lo había sentenciado de antemano, situado en una cuesta debajo de seguro resultado. En 1959, el régimen de Batista era un régimen en descomposición, que se desmoronaba poco a poco. Sin el profundo descontento urbano, sin el abandono y la hostilidad crecientes de las clases medias de La Habana, Batista hubiese acabado con los insurrectos del Granma sin demasiado esfuerzo.
Descomponiéndose desde arriba y desde las ciudades, la lucha antirrevolucionaria estaba llamada al fracaso; la guerrilla castrista se “enfrentó” a un ejército desmotivado y pésimamente armado. Al ejército parecían afectarle los mismos males que afectaban al régimen. Las deserciones y traiciones parece ser que fueron frecuentes. Los enfrentamientos en la sierra con los guerrilleros fueron más bien escaramuzas de escasa entidad; el tren blindado de Santa Clara tenía poco de blindado, y sus soldados desertaron a la menor ocasión, sin defenderlo. Pese a la propaganda castrista, los hechos parecen ser tozudos; el ejército cubano era, en 1959, una institución en disolución.
Así las cosas, la lección histórica para el revolucionario debiera haber sido evidente; políticamente, no fue ella la que acabó con el régimen de Batista. Estratégicamente, no luchó una verdadera guerra contra un enemigo digno, sino contra una caricatura militar. Ni los revolucionarios vencieron militarmente a las fuerzas del Estado cubano ni la población estaba rendida ideológicamente a los hombres de Castro. Un mínimo de prudencia exigiría en el revolucionario una lectura realista de la situación; una adhesión temporal de las masas, una oposición al régimen que sobrepasaba a los castristas exigirían una mezcla de brutalidad y fintas políticas institucionales que quizá sólo Fidel Castro sí entendió y perpetuó hasta nuestros días.
Pero ciego de ideología, ebrio de poder y de popularidad, Ernesto Guevara no pudo sacar las consecuencias que el revolucionario chino o soviético, realista a más no poder, hubiera sacado en su lugar. En primer lugar, ignoró las consecuencias particulares de Cuba; los menos de cien guerrilleros que desembarcaron del Granma nada tenían que ver con los soviets o el Partido Comunista Chino, la victoria de los barbudos de Sierra Maestra fue más bien la derrota de su oponente; nada que ver con las salvajes guerras civiles rusa y china. En estas circunstancias, el peor error posible sería sacar de la experiencia cubana una lección revolucionaria universal. Guevara lo cometió, y además cometió el segundo; creyó que la guerra que ellos desencadenaron se bastaba para suplir la política revolucionaria, que, de todas formas, se desarrollaba en su versión más democrática en las ciudades cubanas. Incapaz de entender esta sencilla experiencia, alumbró uno de los conceptos estratégicos más desafortunados, criminales y suicidas de la historia: el foquismo.

Foquismo: violencia, principio y fin :Revolucionario de póster y alocución radiada, Guevara se situaba a años luz del genio estratégico revolucionario. Pensó en primer lugar que la guerrilla cubana era el modelo teórico a seguir, con independencia de las condiciones históricas, del tiempo y del espacio. En consecuencia, adaptó las circunstancias cubanas a sus deseos, ignoró las circunstancias en las que se produjo la caída de Batista y buscó adaptar la realidad a su “teoría” estratégica. Ebrio de victoria, creyó que la caída de Batista era fruto de la lucha desarrollada por los comunistas cubanos, y que la política surgía de la victoria militar.
Con orgullo y soberbia política, a la vez que con incompetencia estratégica, alumbró el concepto de “foquismo”; “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”, escribía en “La Guerra de Guerrillas”. Ni Mao ni Lenin habrían firmado jamás un sinsentido estratégico, lo que no les impidió en ningún momento comprender que la problemática de la relación entre teoría y práctica se superaba con el uso máximo de la violencia.
¿Debe el revolucionario esperar inmóvil que las condiciones para la revolución maduren?¿debe acelerar o provocar el estallido violento? Más allá de la filosofía, Lenin introdujo su despiadado realismo de político revolucionario; reconocer que el proceso de espera no puede ser ad-infinitum, y que la historia no la hace sólo el materialismo dialéctico, sino la voluntad humana. La revolución soviética dice mucho del genio político y estratégico leninista; en Rusia no se daban todas las condiciones, pero se daban las condiciones necesarias para que la violencia revolucionaria hiciese el resto. Condiciones no filosóficas, sino históricas y estratégicas; un gobierno débil, una sociedad desordenada y unas fuerzas de choque rojas perfectamente adoctrinadas y preparadas. Suficiente.
El uso de la violencia para agravar las condiciones no era nueva, a condición de que las condiciones, entre los propios y el enemigo, existan. Espiral típicamente revolucionaria, que Mao había usado bien, con una salvedad que Guevara nunca acertó a intuir: La espiral acción-represión-acción tenía como condición la conciencia de su condición estratégica; ella en sí misma agudizaba la violencia revolucionaria, pero no la creaba. La represión sobre el campesinado chino se producía con éste ya lo suficientemente politizado, adoctrinado, entregado a las manos de los profesionales de la revolución. El campesino asiático creía ya en la represión antes de que ésta se desencadenara sobre él, o al menos creía que el guerrillero era superior al soldado japonés. La victoria, de hecho, empezaba cuando el campesino formaba parte ya, moralmente, del movimiento maoísta. Condición que de ninguna manera puede crear en sí misma la acción guerrillera.
Ernesto Guevara jamás se paró a pensar en lo que Sun Tzu, Clausewitz, Lenin o Mao tenían por fundamental. Ignoró en todo momento esta preeminencia de la política revolucionaria sobre la guerra revolucionaria, y puso la violencia en primer plano; creyó que la política seguiría de mal o buen grado al estallido violento. Con una escasa coherencia argumental, utilizó el lenguaje de los revolucionarios europeos y asiáticos para hacer algo que éstos hubiesen despreciado profundamente:
Naturalmente, cuando se habla de las condiciones para la revolución no se puede pensar que todas ellas se vayan a crear por el impulso dado a las mismas por el foco guerrillero. Hay que considerar siempre que existe un mínimo de necesidades que hagan factible el establecimiento y consolidación del primer foco. Es decir, es necesario demostrar claramente ante el pueblo la imposibilidad de mantener la lucha por las reivindicaciones sociales dentro del plano de la contienda cívica. Precisamente, la paz es rota por las fuerzas opresoras que se mantienen en el poder contra el derecho establecido (“La Guerra de Guerrillas, capítulo I)


Guevara usa un lenguaje revolucionario, pero introduce una variable escasamente marxista: la violencia como principio y punto central de la política, como origen, desde sí misma y sólo desde sí misma, de lo político. En términos estrictos, Guevara fue un belicista. Se situaba así más cercano al belicismo de Luddendorf o Hitler que al totalitarismo revolucionario; la violencia se convertía en la madre de todas las cosas, el origen de toda la política revolucionaria. Pero a diferencia de éstos, nunca tuvo la posibilidad de lograr éxitos, siquiera temporales; sobreestimó también su propia fuerza, insuficiente en todo momento para lograr cualquier tipo de victoria.
Construyó sobre sí, con el aplauso de la izquierda europea, una teoría estratégica dogmática y criminal. Dogmática porque creó un modeló teórico dogmático que ni Mao ni Lenin hubiesen firmado, el del carácter eterno del modo cubano de lucha. Criminal porque propugnaba, abiertamente, el uso de la violencia sin ningún sentido ni finalidad más allá de los libelos propagandísticos del argentino. Guevara creó que sembrar la semilla de la violencia en cualquier parte del mundo sería suficiente para que prendiera la política revolucionaria. Ni siquiera ocurrió en Cuba, donde la violencia guerrillera se insertó en un clima político de descomposición del régimen de Batista. Clima que Guevara fue incapaz de observar, apropiándose para sí y los suyos la caída en desgracia del dictador.

Bolivia o no sacar las consecuencias necesarias: Aún tuvo Guevara una primera oportunidad de enmendar una teoría estratégica estrambótica; la aventura en El Congo. En la selva todos los errores que podría reconocer cualquier revolucionario mundial se mostraron empíricamente a Guevara. En primer lugar, en nada se parecían las circunstancias congoleñas a las circunstancias cubanas, aquellas que Guevara había creído que eran universales. El ejército congoleño estaba bien preparado, armado y entrenado que el de Batista. Bien dirigido por militares y mercenarios europeos, con tácticas profesionales. Los nativos congoleños vivían demasiado alejados del poder como para preocuparse demasiado de éste, y miraron desde el principio con desconfianza y lejanía a los aventureros cubanos que perturbaban sus vidas. Y cuando se unían a éstos, lo hacían siguiendo sus propias reglas militares, que ni eran reglas ni eran militares.
En segundo lugar, nadie en El Congo sabía exactamente qué hacían unos extranjeros, disfrazados de guerrilleros, de selva en selva. En su “biografía del Che” (Edit. Dastin, Madrid, 2004), cuenta Fernando Díaz Villanueva como Kabila, supuesto aliado, le ninguneó hasta el final, y los enfrentamientos con las tropas congoleñas se saldaron con derrotas y fracasos. No sólo anduvo perdido por la selva; Guevara trató empecinadamente de prender fuego a un foco guerrillero sin que existiera una sola condición política adecuada, y sin que considerara necesario llevarla a cabo. En consecuencia, su fracaso fue inapelable. Sólo su fe en una doctrina equivocada le mantuvo unos meses en las selvas congoleñas.
De derrota en derrota, tampoco Guevara sacó las conclusiones pertinentes de su experiencia en las orillas del lago Tanganica. Si se mostró incapaz de sacar las conclusiones pertinentes del caso cubano, menos aún fue capaz de sacarlas del Congo. Díaz Villanueva revela como repartió culpas entre los congoleños y sus propios compañeros. Sea como fuere, siguió considerando el caso cubano como un caso universal, y despreciando el trabajo político como condición revolucionaria indispensable. Ni corto ni perezoso volvió a repetir los mismos errores en Bolivia, pero esta vez lo hizo aún peor; desconocía aún más las circunstancias particulares del país, y despreció aún más la política como hilo conductor de la violencia.
En Bolivia, el gobierno de Barrientos gozaba de cierta popularidad social. Su política incluía reformas agrarias, nacionalizaciones. No era un gobierno medieval como el congoleño, ni en descomposición como el de Batista. Las condiciones sociales estaban lejos de ser las que Guevara consideraba aptas para desarrollar el foco insurreccional. Por supuesto, el activista no sopesó el carácter misionero del revolucionario; pretendió suplir la educación, la propaganda y el adoctrinamiento por las escaramuzas en la frontera entre Bolivia y Brasil.
Incluso los dirigentes del Partido Comunista de Bolivia miraron con desconfianza a Guevara; la desconfianza se tornó en hostilidad. Si Kabila despreció a Guevara, el PCB acabó tomándolo como un enemigo. Castro y Guevara iniciaron el proceso subversivo en Bolivia teniendo en frente al mismo dirigente del comunismo boliviano, Mario Monje. Un vistazo a la situación exigiría al menos, una estrategia totalmente diferente a la desarrollada en Cuba años atrás. Guevara ni lo pensó.
Despreciando la primacía de la política, las “operaciones militares” -marchas de reconocimiento y de aprovisionamiento-, se llevaron a cabo al margen y por encima de la población. Los pocos campesinos con los que se cruzaban los guerrilleros guevaristas o pasaban de largo o les denunciaban a las fuerzas de seguridad. El argentino pagó demasiado cara su incapacidad estratégica; su muerte en la Quebrada del Yuro resultó fruto de la inconsciencia del soldado, el desconocimiento del comandante y la incapacidad del político.
Entre noviembre de 1956 y octubre de 1967, la reflexión estratégica de Guevara fue errónea incluso para el revolucionario más ideologizado. Extrajo de Cuba la peor conclusión posible, la que ni Lenin ni Trostky ni Ho Chi Minh sacarían jamás; considerar que la actividad guerrillera allí desarrollada tenía carácter universal, y considerar que la derrota de Batista era producto de la actividad violenta comunista. Dos errores, que tenían que desembocar en el ridículo congoleño; la incapacidad militar por un lado, y la ausencia política, por otro.
En Bolivia se mostraron de manera trágica las limitaciones estratégicas de Guevara; la incapacidad de adaptar la política revolucionaria a las circunstancias históricas de cada lugar, y la necesidad imperiosa de que la política revolucionaria precediera a la guerra revolucionaria. Su más conocida frase, “Crear dos, tres... muchos Vietnam” resume sus dos erróneos principios; el dogmatismo teórico y el belicismo más salvaje. Ambos le llevaron a la tumba. A él, a sus seguidores y a demasiadas de sus víctimas, ejecutadas a sangre fría por él mismo, en nombre de una ideología criminal y de una incapacidad estratégica importante.
Óscar Elía Mañú es Analista del GEES en el Área de Pensamiento Político.

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Guevara: Misionero de la Violencia

Alvaro Alba

"Guevara: Misionero de la Violencia" Es el título del último trabajo que el INSTITUTO DE LA MEMORIA HISTÓRICA CUBANA CONTRA EL TOTALITARISMO presentará el jueves 9 de octubre de 2008 a las 7 de la noche en la sede del Instituto de Estudios Cubanos Cubano-Americano, en la Casa Bacardí, 1541 Brescia Avenue de Coral Gables, titula pertinentemente: Las referencias obligadas de la historia.

LiberPress/ Información Gente del Siglo XXI Portal Web - En el corto texto de Alba como comentario a "Guevara: Misionero de la Violencia", leemos que… "Hay trabajos que marcan las futuras investigaciones. Este es uno de ellos. Es una de las labores más importantes e interesantes que ha desarrollado el Instituto de la Memoria Histórica contra el Totalitarismo.
Con ese sentido de preservación histórica, ha unido en esta obra, todas las entrevistas realizadas para el documental "Guevara: Anatomía de un Mito". Pasan decenas de personas que tuvieron alguna relación con Ernesto Guevara. Combatientes revolucionarios, militares que le combatieron, revolucionarios del clandestinaje, periodistas, familiares de las víctimas, colaboradores iniciales. Fue una búsqueda y hallazgo de éxito.
La finalidad no es para el momento, es de futuro. Hay anécdotas que descifran la psicología del quien llegara a convertirse en uno de los más alcanzados mitos de la tragedia cubana. Destaca el carácter personal de los relatos, la impresión personal, de primera mano, que como documento de referencia, de apuntes para el conocimiento de la personalidad de Guevara, convierten la obra en cita futura obligada.
Muchas de esas entrevistas ayudan a dar la verdadera imagen de Ernesto Guevara, antes de que se convirtiera en el símbolo de la violencia (que llaman en ocasiones revolucionaria para ser menos criticada). Con tranquilidad y sólidos argumentos el autor, Pedro Corzo, insiste en la titánica tarea de quitarle el brillo a Guevara, de poner en su verdadera dimensión, en bajarlo con la verdad histórica de ese pedestal que le han levantado y del que pretenden seguir utilizando en América Latina.
Las futuras generaciones serán las beneficiarias de estos trabajos. Se encargaran otros cubanos, y de muchas otras nacionalidades, aún por nacer, de hacer el veredicto final sobre la figura de Ernesto Guevara. Aquí están las pruebas, aquí están los argumentos del debate y la reflexión".
Desde el Portal Gentiuno.com, nos complace invitarles a esta nueva presentación de Pedro Corzo periodista e investigador cubano. Presidente del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo. Productor y director de documentales audiovisuales que en número de 8, dan testimonio de la incesante lucha a favor de la democracia en Cuba, y de los cuales citamos aquí "Guevara, Anatomía de un Mito" y "Las Torturas de Castro". Ha publicado "Cuba, Cronología de la lucha contra el Totalitarismo", "Mártires del Escambray" y el ensayo "Perfiles del Poder".
La presentación de "Guevara: Misionero de la Violencia" se realizará -como ya hemos señalado comenzando esta pequeña crónica- el jueves 9 de octubre de 2008. Contando con las intervenciones de los reconocidos periodistas y analistas cubanos Pablo Alfonso y Enrique Ros y una introducción realizada por el también periodista Enrique Encinosa.
Dirección: Instituto de Estudios Cubanos Cubano-Americano
Casa Bacardí - 1541 Brescia Avenue. Coral Gables, Miami, Fl.
(305-5518749 / 305-8275645) Hora: 7 de la noche

18/9/08

«Si el Che hubiera ganado, hoy toda Sudamérica sería una patética Cuba»

Pilar Rahola
LiberPress- La vanguardia.es -España 16 de septiembre de 2008 - ¿Héroe o villano? - "¿Me atrevo con el Che? La sola pregunta implica una autocensura que funciona con precisión automática cuando el tema escogido para un artículo presenta aristas incómodas. Y los mitos caídos en la trinchera son lo más sagrado de la religión atea, tanto, que analizarlos críticamente implica la expulsión directa del paraíso. En estos tiempos en los que Don Quijote ya no topa con la Iglesia (quizá porque la pobre lleva años zarandeada), choca frontalmente con las religiones ideológicas, cuyos autos de fe son implacables contra los herejes. Y el Che es la fe en ella misma, el Santo Grial de los revolucionarios, el cáliz donde beben las bocas sedientas de viejas ideologías"."¿Quién duda de la bondad extrema del Che, de su entrega, de su heroicidad? Él, que sacrificó una vida de bienestar, que huyó de las medallas y de los honores, que volvió a las selvas de la lucha, allí donde germinaba la semilla de la revolución. Él, que dio su vida por el pueblo. Icono de masas, profeta de libertades y marca comercial por excelencia, el Che sobrevive al tiempo y a la historia, convertido en el cadáver más exquisito del siglo XX. Dicen que su perfil, extraído de la foto de Alberto Korda, es el símbolo más reproducido de la historia moderna"."Ahora, la película de Steven Soderbergh, con el espléndido Benicio del Toro metido en la piel del mito, da nueva luz al icono, y con ella retornan los tiempos de los pósters en las habitaciones de los adolescentes. Especialmente en Latinoamérica, donde los problemas endémicos se entrecruzan con los mitos revolucionarios y las promesas vacuas de los demagogos populistas"."…¿no ha llegado la hora de deconstruir al mito, cuya bondad suprema es uno de los montajes propagandísticos más eficaces de la historia del comunismo? Por supuesto, Ernesto Guevara fue un hombre extraordinario, tanto por su magnética personalidad, como por su capacidad intelectual. Mucho más complejo que su amigo Fidel, un simple autoritario con ínfulas de Mesías, el Che fue el auténtico líder de los sueños utópicos de los años sesenta. Pero ello no evita reflexionar sobre algunos aspectos de su violenta biografía, en nada parecida a Santa Teresa de Calcuta. Fue el Che el que hizo ejecutar a decenas de disidentes cubanos en la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, como supervisor de los sumarísimos 'juicios revolucionarios' en Cuba. Y fue él mismo el que masacró pueblos enteros de campesinos, en su implacable avance revolucionario"."Estalinista convencido, nunca luchó por la libertad de ningún pueblo, sino para instaurar dictaduras del proletariado en todos los países sudamericanos, y su causa contenía, sin ambages, ni complejos, todos los elementos de la tiranía comunista. ¿Un libertador? Tanto como lo fue cualquier otro líder comunista de la época. Salvador del pueblo, en el sentido más patológicamente egocéntrico, su figura sólo puede entenderse como heroica si se considera heroico imponer las ideas matando a decenas de personas"."Sin duda fue un autoritario, y sin ninguna duda no tuvo problemas morales en ser un asesino. Que su causa naciera de razones nobles, que fuera un hombre con convicciones, que hubiera podido vivir una vida de comodidades y se dedicara a luchar por sus ideas, etcétera, todo es cierto. Pero nada de ello niega la mayor: que fue un enfurecido visionario, que quiso imponer, a sangre y fuego, sus dogmáticas e inapelables razones. Si el Che hubiera ganado en su carrera hacia la liberación, hoy toda Sudamérica sería una patética Cuba. O, peor aún, naufragaría entre déspotas y mafias, cual una Rusia cualquiera. Y nada de ello, nada, tiene que ver con la libertad".
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14/9/08

Che, el asesino

TOMÁS CUESTA

LiberPress- ABC.es- Lunes, 08-09-08 - NO es descabellado asegurar que, en cierto modo, ese culto sectario, interminable, beatón y siniestro, que se le rinde a Ernesto Che Guevara en el ruinoso altar de la revolución pendiente, responde a una liturgia establecida por el rock y transferida a un asesino fotogénico. «Vive sin cortapisas, muere joven, que un hermoso cadáver abone tu leyenda». El credo trinitario del «showbizz» en los años lisérgicos le viene al argentino como anillo al dedo. El Che, evidentemente, cumplió el contrato fáustico sin saltarse una coma, ni un matiz, ni una adenda. Se bebió la existencia a puro trago, amorrado al gollete. Murió cuando tocaba, con la puntualidad de un «gentleman». Y dejó tras de sí un fiambre exquisito y abrumadoramente estético en el que -para los meapilas del marxismo y para los profetas del cristianismo agreste- se confundían las imágenes del Redentor y Lenin.
La representación, al cabo, resultó tan perfecta que cabría pensar que el guerrillero ejerció de escenógrafo en su propia tragedia. Pero esa es otra historia que ahora no viene a cuento. Lo que interesa es subrayar que los cuentistas de su época (Sartre, por descontado; Regis Debray, Feltrinelli...) lograron transformar el plomo en oro y al matarife en héroe. ¿Se acuerdan de los versos de Nicolás Guillén llorando tinta roja desconsoladamente? «Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano / armado vas de tu rifle, que es un rifle americano / que es un rifle americano, soldadito boliviano, / que es un rifle americano. Te lo dio el señor Barrientos, soldadito boliviano / regalo de míster Johnson para matar a tu hermano / para matar a tu hermano, soldadito de Bolivia / para matar a tu hermano». Si los ripios matasen, ya metidos en duelos, el rapsoda castrista, huérfano de inspiración, pudo haber expirado en aquel mismo momento. ¡Lástima de Guillén! Se le desafinó la lira y se le secó la bemba. «Tamba, tamba, tamba, tamba. / Tamba del negro que tumba; tumba del negro, caramba...».
De cualquier forma, al Che la poesía le importaba un bledo. No la consideraba un arma cargada de futuro -aunque Celaya se empeñase con el fervor de los ingenuos-, sino un vicio burgués, una mariconada decadente, que no ayudaba en absoluto a construir el Hombre Nuevo. Los maricones a la zafra a que les den caña a espuertas. Y a los que reincidan, que les den en la celda. Dicho y hecho. Mientras tanto, Fidel, con la popa a cubierto, se dedicaba a acumular poderes y a fantasear con la genética. Porque el máximo líder también tenía un sueño: crear una raza de vacas de bolsillo que se pudieran estabular en el retrete. «El comandante inventó la cabra, chico», se choteaban los cubanos con sorna caribeña. Por lo demás, iba de perorata en perorata y de ocurrencia en ocurrencia. Guevara, por su parte, fusilaba a destajo para curarse el mono de la Sierra Maestra. La cosa le ponía. Incluso lo dejó escrito al perfilar su autorretrato a golpes de machete: «Soy una fría y selectiva máquina de matar». Nadie puede acusarle de mentir al respecto.
Ahora, Steven Soderbergh, el director de «Traffic», y Benicio del Toro, su actor predilecto, han vuelto a amortajar con celuloide al asmático icono de un fracaso sangriento. Y han vuelto a desgranar ante las cámaras la fatigosa letanía en loor del guerrillero: martillo de tiranos, paladín de los débiles, guardián de la utopía, rey Arturo con boina que extrae de la roca la espada justiciera... Con su pan se lo coman y allá ellos. Lo malo sería soportar otro brote epidémico de la dichosa camiseta (llámenla «camicheta»). Con la imagen que Korda capturó por azar en el amanecer del régimen y que -finiquitado el Che, en el sesenta y ocho, casualmente- Giangiacomo Feltrinelli lanzó a los cuatro vientos. Sin la foto de Korda (o sea, sin «la foto», ninguna se le acerca), Guevara sería poco más que Camilo Cienfuegos: una discreta nota a pie de página en el aperreado cronicón de Iberoamérica. Pero aquella instantánea le blindó «ad aeternum». Rindámonos, pues, a la evidencia: Ernesto Che Guevara, el asesino, es el equivalente a Mickey Mouse en la Revoluciolandia de la izquierda. No hay remedio.

5/7/08

El Che Guevara no fue un héroe para aquellos a los que ultrajó

Por Alvaro Vargas LLosa

LiberPress- The Independent Institute-Washington-2 de julio de 2008-Reproducimos una traducción de la carta publicada en la edición de hoy del The Wall Street Journal:
El artículo de Michael Casey "In Argentina, Che Guevara Finally Gets More Than a Lousy T-Shirt -- Rebel's Birthplace Unveils a Statue of Him As It Reconsiders His Complex Legacy" (“En Argentina, el Che Guevara finalmente obtiene algo más que una andrajosa remera – El lugar de nacimiento del rebelde inaugura una estatua suya al tiempo que reconsidera su complejo legado”) -14 de junio- sobre el resurgimiento del Che Guevara en Argentina en el 80º aniversario de su natalicio, se refiere tan solo de manera tangencial a los crímenes del revolucionario y puede dejar la impresión de que son una cuestión de opinión política en vez de un hecho histórico.
El artículo menciona que "durante su época como guerrillero, él. . . ejecutó al menos a un sospechado de traidor". Ejecutó a muchos más. Por ejemplo, Jaime Costa Vázquez, un ex comandante del ejército revolucionario de Fidel Castro, afirma que poco antes del triunfo de la revolución Guevara ordenó la ejecución de más de 20 personas en Santa Clara, donde su columna se encontraba activa. Este testimonio es confirmado por Marcelo Fernándes-Zayas, otro ex revolucionario, quien explica que entre las victimas se incluían campesinos que se habían unido a los rebeldes porque no tenían trabajo.
Esas ejecuciones empalidecen en comparación con lo que aconteció cuando Guevara fue puesto al mando de la prisión conocida como "La Cabaña" inmediatamente después del triunfo de Fidel Castro. Si bien es cierto que ejecutó a cientos "del régimen de Batista", también ejecutó a individuos que no tenían vinculación con el régimen. Javier Arzuaga, el capellán vasco que se desempeñaba en ese entonces en "La Cabaña", me manifestó que entre los 800 prisioneros habían algunos periodistas, empresarios y comerciantes.
Guevara envió a muchos jóvenes latinoamericanos a la muerte considerando que eran mártires de una religión secular. Con la excepción de Cuba, toda revolución que organizó fue aplastada, incluidos los esfuerzos guerrilleros en Nicaragua, la República Dominicana, Panamá, Haití y su país natal, Argentina, donde los seguidores de Guevara provocaron una reacción de los militares que costó decenas de miles de vidas. También se entrometió en el Congo en 1965, donde se alió con dos carniceros -- Pierre Mulele y Laurent Kabila. Eventualmente, tuvo que abandonar el país. Su incursión fatal en Bolivia falló en generar una revolución campesina y provocó la muerte de muchos de sus compañeros, así como la suya propia.
Otras proezas de Guevara incluyen el establecimiento de campos de trabajos forzados (Guanahacabibes, 1961). Ayudó a que Cuba se convirtiese en un títere soviético, y arruinó la economía de la isla, primero como titular del Banco Central, y luego como Ministro de Industria al desviar recursos hacia industrias que colapsaron poco después de que fueron creadas. También redujo la cosecha de azúcar (el pilar de Cuba) a la mitad, creando en consecuencia la necesidad de un severo racionamiento de alimentos.
No sorprende en absoluto que los secuaces progubernamentales que están empleando la violencia contra algunos de los críticos de las políticas populistas de la Presidente Cristina Fernández por estos días en Argentina enarbolen las banderas del Che Guevara. Guevara se refería así mismo como una "máquina de matar", un lenguaje que esos secuaces comprenden muy bien. El gobierno al que apoyan está encaminado a arruinar la agricultura de Argentina al aplicar gravámenes sobre el 75% de las ganancias de los agricultores, controlar los precios, limitar las exportaciones e inflar la moneda.
Alvaro Vargas Llosa
Senior Fellow
The Independent Institute
Washington

Traducido por Gabriel Gasave
Ilustración: imagen de la estatua de Guevara pintada por el público con una svástica a pocos días de ser instalada en Rosario

Hoy murió el Ché

por Esteban Lijalad


Liberpress - Buenos Airess, 2 de julio de 2008 - El Ché Guevara murió físicamente hace cuarenta años. Pero hoy, con el rescate de Ingrid Betancourt acaba de morir su fantasma.
Mientras en Argentina le levantamos estatuas de cuatro metros de altura, en Colombia, donde aun trabajan sus compañeros de las FARC, un pueblo y unas instituciones democráticas acaban de propinarle un golpe histórico a esos "idealistas", cuyo emblema, referente y santo es justamente el Che Guevara.
Los compañeros del Che, en Colombia, secuestraron a centenares de inocentes, obtuvieron rescates millonarios, comerciaron droga, jugaron a la "paz", mientras preparaban la guerra, engañaron, torturaron, se rieron de los "derechos humanos" , de la "democracia formal", mientras daban cátedra de supervivencia al resto de los idiotas latinoamericanos que admiran a esta anacrónica guerrilla.
Pero ¿Quién puede admirar hoy al un grupo de infradotados, que se dejan infiltrar por la inteligencia militar y que dan el espectáculo de ser engañados a los ojos de todo el mundo? ¿Como, en cambio, no admirar la audacia, la inteligencia, la valentía de los que planearon y ejecutaron un operativo que sin disparar un solo tiro, liberó a quince rehenes, apresó a varios terroristas y nos mostró que la democracia puede ser fuerte, puede defenderse de sus enemigos, puede liberar rehenes, puede apresar malhechores disfrazados de idealistas?
Hoy murió el Che, transformado en un hazmerreír, en una tropa en desbandada sin moral, sin valores, sin misiones, sin objetivos como no sean el de durar, como una especia de absurda burocracia guerrillera, enamorada de la selva y de sus armas, aislada de toda civilización.
Hoy me emocioné viendo a Ingrid - un cuadro político extraordinario- agradecer a su adversario político, el Presidente Uribe, solo como un ser humano íntegro puede hacerlo.Todos sabemos que Chávez, ese otro remoto heredero del Che siempre conspiró contra Uribe y su empeñosa estrategia de presionar a las FARC. Y sabíamos que la familia de Ingrid apoyaba esos intentos de "canje humanitario" y se enfrentaba a la política "dura" de Uribe. Hoy todo eso es pasado: dijo Ingrid "agradezco los esfuerzos de Chavez, pero debe saber que los Colombianos elegimos a Uribe, no a las FARC" Más claro, agua.
Hoy murió el Che, y hay que alegrarse.

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26/6/08

Guevara

nunca visitaré la tumba que te guarda

no me conmueve tu valor
me apena
el peso del morral
lleno de odio

y no importaba matar
ni morir

esa liturgia que han hecho de tu ausencia
es un insulto a la virtud

nuestros hijos acercan el tiempo de olvidarte

en mi cronología eres un fantasma
que disgrega
que espanta

procuraré no hablar de ti jamás

Eduardo Mesa,

La Habana, 1998

29/5/08

Infamia y estulticia

VICENTE ECHERRI
LiberPress- El Nuevo Herald- 29 de Mayo de 2008 -''Estulto'' era un adjetivo favorito de Lydia Cabrera, la célebre etnóloga cubana de quien no puedo evitar acordarme siempre que la palabra me viene a la cabeza. ''Estulto'' es otra manera de decir ''necio''; pero --o al menos a mí me lo parece-- con un cierto matiz de desprecio o de ligera repugnancia; en tanto lo de necio puede ser una afrenta atenuada por la misericordia.
Unos cuantos argentinos, pero con la suficiente estridencia para enfangar a muchos, acaban de dar una prueba de estulticia: una gigantesca estatua en bronce de Ernesto Che Guevara que ha recorrido esta semana las calles de Buenos Aires antes de que la instalen definitivamente en la norteña ciudad de Rosario el próximo 14 de junio, día en que el famoso guerrillero comunista habría cumplido 80 años.
La estatua, de cuatro metros de alto y tres toneladas de peso, obra del escultor Andrés Zerneri, es el resultado de la fundición de 75,000 llaves y pequeños objetos de bronce donados por 14,000 personas, desbocados fans de un criminal inepto y despiadado devenido icono de la izquierda mundial.
¿Cómo es que las autoridades, particularmente las de Rosario, así como la clase política y empresarial de esa ciudad, consiente en semejante despropósito: el homenaje permanente en el espacio público de un tipo que murió en el empeño de subvertir el orden que ellos representan? ¿Cómo puede un alcalde, un concejal, un diputado, un funcionario cualquiera tolerar --no digo promover-- un reconocimiento que constituye una afrenta al sistema institucional que los ampara? ¿Están locos o son estultos simplemente?
Rosario es hoy una ciudad que difícilmente el Che habría reconocido: una urbe de casi un millón de habitantes (y de bastante más de un millón si contamos toda el área metropolitana), llena de espléndidos rascacielos que, en la noche, reflejan sus luces en las aguas del Paraná; centro de actividad económica de cuya pujanza presume la gente de la localidad. ¿Qué parentesco puede tener el moderno perfil de esa ciudad (un skyline que remeda al de Nueva York) y las instituciones que la respaldan con un forajido maoísta que soñaba con colectivizar América Latina?
Si alguna duda tienen de esa contradicción los rosarinos --y quienes los gobiernan-- basta que miren a La Habana, una ciudad que estaba en pleno despegue económico hace medio siglo y a la cual el proyecto político del que Guevara fue un entusiasta creador y promotor ha convertido en un mugriento y andrajoso cascarón. Para el apóstol del igualitarismo miserable que fue el Che, el desarrollo capitalista --¿cuál si no?-- de su ciudad natal le hubiera parecido una abominación.
Los idiotas que nunca faltan para alimentar estos cultos siguen repitiendo la ridícula cancioncita de Carlos Puebla, vistiendo las camisetas con la foto de Korda y afirmando de que se trataba ''del más grande idealista del siglo XX'', definición que le hubiera producido náuseas a Guevara quien, como buen marxista, detestaba el idealismo hasta en esa acepción popular. El Ché no era más que ''una fría máquina de matar'' en el empeño de tomar el poder a fin de destruir --formal y substancialmente-- todo lo que la democracia representa.
La erección de esta estatua es una verdadera infamia y tan absurda como si, en medio de una judería, le erigieran un monumento a un conspicuo criminal nazi; un insulto al que las personas decentes de Rosario deben oponerse de la manera más enérgica. En tanto llegue el día de su remoción, esperemos que no falten los que vayan a lanzar desperdicios y piedras a la imagen del notorio facineroso. - ©Echerri 2008
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