23/10/07

El mito del cadáver del Che Guevara

ALVARO VARGAS LLOSA

LiberPress- El Instituto Independiente- Noviembre de 2007- Miles de cubanos y extranjeros han acudido en masa al mausoleo del Che Guevara en el centro de Cuba para conmemorar el 40 aniversario de su muerte. Durante diez años, el gobierno cubano le ha dicho al mundo que el cuerpo enterrado allí pertenece al famoso guerrillero. ( foto der: restos de cuatro guerrilleros, incluyendo el supuesto cadáver del Che Guevara, son cargados por la Guardia de Honor cubana en Santa Clara)
Es una mentira diseñada para hacer que la población rinda pleitesía al revolucionario de origen argentino como si fuese un santo y a la Revolución Cubana como si se tratase de una religión. Un brillante trabajo de investigación realizado por el periodista francés Bertrand de la Grange y publicado recientemente en El País, en España, demuele la versión oficial.
En 1995, el general boliviano Mario Vargas, que había combatido a los guerrilleros del Che en los años 60, reveló que el cuerpo se encontraba enterrado a pocos metros de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Vallegrande, una ciudad cercana a La Higuera, el pueblo del este de Bolivia donde fue asesinado (Guevara fue ejecutado luego de que el presidente boliviano ordenara a los soldados que lo capturaron deshacerse de él). Cuba envió un equipo forense, diplomático y legal a Vallegrande.
El 28 de junio de 1997, el equipo anunció que había hallado los restos del revolucionario. El cuerpo fue repatriado a Cuba pocas semanas antes del 30 aniversario del deceso de Guevara.
Numerosos hechos desmienten la afirmación cubana. Los enviados de La Habana afirman que encontraron el cuerpo en la misma tumba en la que fueron enterrados otros seis guerrilleros muertos en La Higuera. Sin embargo, el general Vargas sostiene que el cuerpo de Guevara fue enterrado por separado.
El hecho ha sido confirmado por la viuda del teniente coronel Andrés Selich, el hombre que enterró todos los cuerpos en 1967.
En el cadáver exhumado en 1997, fueron hallados una chaqueta y un cinturón.
Pero el verdadero cadáver de Guevara fue enterrado sin ropa: Moisés Abraham, el médico que realizó la autopsia en 1967, se encargó de quitarle la chaqueta. Abraham vive actualmente en México donde lo han visitado emisarios cubanos ansiosos por comprársela.
Erich Blossl, un ingeniero agrónomo alemán que trabó amistad con Abraham en la década del 60 y vio la ropa del Che Guevara en 1967, afirma que la chaqueta encontrada en el cuerpo exhumado en 1997 no es la misma. “Era una capota impermeable, como las usadas por los militares”, afirma, en referencia al cadáver repatriado a Cuba. Tuvo oportunidad de verla porque el equipo cubano le pidió que le echase un vistazo.
No menos significativas son las groseras discrepancias entre la autopsia del cuerpo de Guevara llevada a cabo en 1967 y el informe forense del cadáver encontrado en 1997.
Tres médicos europeos, dos de España y uno de Francia, han comparado los documentos. Uno de ellos, José Antonio Sánchez, ha descubierto que las fracturas presentes en las costillas, la clavícula, las piernas y las vertebras de los dos cuerpos no coinciden, y que algunos dientes ausentes en un cuerpo no faltaban en el otro.
El informe de 1997 no menciona ninguna marca relacionada con la amputación de las manos de Guevara, que fueron cercenadas en 1967 para verificar que las huellas dactilares coincidían con las que tenía la policía argentina.
“El Che tenía que estar en La Habana antes del 26 de julio de 1997 para celebrar en grande el regreso del hijo pródigo y dar un poco de moral a los cubanos”, concluye De la Grange con relación a la fecha emblemática del calendario revolucionario. “Era la orden de Fidel Castro. Que no fuera el verdadero, sería, después de todo, un mal menor”.
No sorprende, desde luego, que el cuerpo del Che Guevara sea un mito. Todo lo relacionado con este santo moderno es un mito: su amor por la justicia, sus disposición romántica, su bondad. Lo cierto es que ejecutó a cientos de personas, arruinó la economía cubana, intentó convertir a Cuba en una potencia nuclear y ayudó a instaurar muchas dictaduras militares en América Latina por reacción contra las guerrillas que inspiró en los años 60 y 70.
El falso cadáver del Che Guevara nos recuerda que el poder totalitario está edificado sobre la abolición de la verdad histórica y la manipulación psicológica de los ciudadanos para abolir en ellos el espíritu crítico.
Hay algo de terrorífico y a la vez de fascinante en el hecho de que este acto de propaganda fuera urdido por un montón de científicos, diplomáticos y juristas perfectamente dispuestos a mofarse de sus profesiones para ofrecer la verdad que un hombre, Fidel Castro, les ordenó fabricar a sabiendas de se trataba de una colosal mentira. (c) 2007, The Washington Post Writers Group

22/10/07

MITOS

ROSA MONTERO

Liberpress- El País- Octubre de 2007- Qué irremisible necesidad de mitos padecemos los humanos. Lo digo al hilo del embeleso acrítico que sigue produciendo la figura del Che. Lo peor de los mitos es que encienden los sentimientos y no el cerebro. Comprendo que, en el asqueroso e inquietante mundo en que vivimos, resulte muy tentador mantener intacto un ejemplo de pureza y entrega. Un modelo de solidaridad. Un santo laico, para poder seguir creyendo en la belleza de la vida y en la viabilidad de todas esas hermosas ideas de libertad y justicia que nos calientan el corazón. Y el Che parece el héroe perfecto. Era guapo, abandonó el poder para seguir peleando, lo mataron joven. Pero la realidad es tozuda y feroz y no entiende de mitos; y en la realidad el Che fue cruel y violento. Tenía la boca llena de grandes palabras, pero se diría que despreciaba a esa gente humilde que tanto se jactaba de defender: "La dictadura del proletariado se ejerce sobre el proletariado mismo", proclamó, totalmente en serio, en un texto político. Hubo cosas peores: "Tenemos que crear la pedagogía de los paredones de fusilamiento y no necesitamos pruebas para matar a un hombre", dijo en 1959 a los Tribunales Revolucionarios. También escribió: "Un revolucionario tiene que convertirse en una fría máquina de matar". Durante sus seis meses al mando de la fortaleza de La Cabaña, mandó fusilar, tras juicios de opereta, a centenares de víctimas. Están documentadas 164. También ejecutó a 14 personas durante los años de Sierra Maestra, y otras 23 en Santa Clara. Hablo sólo de las muertes comprobadas. Hay casos bien acreditados, como el de Eutimio Guerra, en los que fue el propio Che quien reventó los sesos de los presos con su pistola. La verdad, creo que yo prefiero hacer un esfuerzo y seguir calentándome el corazón con las ideas hermosas sin tener que inventarme a un héroe para ello.
Gentileza de Cuca (Lila) Cañizares

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Víctimas del Che Guevara









16/10/07

Homenaje a un Criminal

por Prudencio Bustos Argañaraz


"Es preciso, por encima de todo, mantener vivo nuestro odio y alimentarlo hasta el paroxismo. (...) Odio como factor de lucha,
odio intransigente al enemigo, odio capaz de llevar al hombre más allá de sus límites naturales y transformarlo en una fría,
selectiva, violenta y eficaz máquina de matar."
(Ernesto Guevara, 16 de abril de 1967).


LiberPress - Cordoba- Octubre de 2007 - Paradójicamente, el marketing capitalista ha convertido en un ícono a uno de los más encarnizados enemigos del capitalismo. Hoy cientos de jóvenes llevan en sus remeras la imagen de Ernesto Che Guevara, la gran mayoría sin tener la menor idea de quién se trata.
Lo que resulta increíble es que quienes sí lo saben, persistan en rendir homenaje a este asesino serial, autor de centenares de muertes de inocentes y responsable de otras miles, cometidas por las bandas de delincuentes terroristas que ensangrentaron nuestro continente en la década del ´70, a las que ayudó a formar y a entrenar. Y responsable también de la más cruel tiranía que hasta hoy soporta el pueblo cubano, de la mano de un monarca atornillado desde hace medio siglo al trono, desde el cual conculca las libertades y atropella los derechos de sus propios compatriotas.
Resulta inverosímil que quienes se autoproclaman defensores de los derechos humanos rindan pleitesía a estos violadores consuetudinarios de esos mismos derechos que dicen defender. Cuesta entender cómo los mismos que condenan las aberrantes violaciones de nuestra última dictadura, rinden homenaje a quien las cometió a escala continental y lo sigue haciendo hoy.
Me gustaría preguntarles a los admiradores del terrorista Guevara y del autócrata Castro, si también quieren que en la Argentina desaparezca la propiedad privada, que los únicos medios de prensa sean del estado, que el partido único sea el del dictador, que quien opine diferente al gobierno sea encarcelado y quien lo critique fusilado, y que el que intente huir –ya que salir libremente no se puede– merezca una condena a cadena perpetua.
Pretender exaltar estas figuras abominables a la categoría de próceres es una dolorosa demostración de nuestra decadencia moral. Difícilmente podremos reconstruir en nuestro país un ámbito de convivencia respetuosa y armónica, mientras rindamos homenaje de héroes a quienes hiceron de la violencia, el terror, la tortura y la tiranía, su medio de vida.
Si queremos afianzar el sistema republicano y la democracia, consolidar la paz y desterrar para siempre la violencia, es menester condenar sin eufemismos ni reservas a todos los que se valieron de ella para imponer sus ideas, sin importar cuales sean estas. De lo contrario caeremos en la flagrante contradicción de querer justificarla en algunos porque simpatizamos con los regímenes que propiciaron, lo que se asemeja más a la venganza ideológica que a la justicia.

El Autor: Prudencio Bustos Argañaraz
Médico, historiador y escritor.
Es miembro de Número de la Junta Provincial de Historia de Córdoba y correspondiente de numerosas instituciones históricas del país y del extranjero.
Ha sido subsecretario de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, senador y diputado provincial.
Fue designado dos veces el mejor legislador del año y en 1981 fue elegido entre los diez jóvenes sobresalientes de la Bolsa de Comercio de Córdoba. Recibió una mención especial del Consejo de Cultura del Arzobispado de Córdoba por su libro La Cañada, historia, pluma y pincel.
Tiene publicados once libros y más de un centenar de artículos y ensayos sobre temas históricos y políticos en diarios, revistas y publicaciones periódicas de Córdoba y de otras ciudades argentinas. Es además autor de una novela titulada Laberintos y Escorpiones, editada en 2001.
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14/10/07

MI PRIMO, EL CHE

Por Alberto Benegas Lynch (h)
Especial para LIBERPRESS

LiberPress- Buenos Aires, 14 de Octubre de 2007 - Ahora que se han aquietado algo las aguas de un nuevo aniversario de la muerte del Che Guevara, escribo sobre este personaje macabro con algún ingrediente que, en parte, introduce otra perspectiva.
En mi familia se ha hablado bastante del Che ya que mi padre era primo hermano del suyo. El abuelo del sujeto de marras era una persona excelente, Roberto Guevara, casado con Anita Lynch, hermana de mi abuela materna. En tren de genealogía, consigno que soy mas Lynch que Benegas ya que tanto mi padre como mi madre descienden de dos de los hijos de Patricio Lynch, de quien desciende también el Che. De entrada este revolucionario nato reveló cierta inclinación por el incumplimiento de la palabra empeñada puesto que le prometió a su primera novia que saldría a comprar cigarrillos y nunca mas volvió. Mostraba también ciertas rarezas al esforzarse en dar diez pasos a la salida de todos los ascensores y caer con la pierna izquierda, cosa que si no lograba volvía al adminículo y repetía la operación hasta que daba en la tecla (ya lo de la pierna izquierda parecía anunciar algo de su futuro dogmático).
Mi padre solía repetir el conocido aforismo de aquello que “los parientes no se eligen, se eligen los amigos”. Si bien es cierto que en todas las familias hay bueno, regular y malo en proporción al tamaño de las mismas, siempre noté cierta dosis de vergüenza por el hecho de que se había filtrado en la nuestra un personaje de características tan siniestras. En una oportunidad, una de mis tías me contó que de muy chico el Che se deleitaba con provocar sufrimientos a animales y, de mas grande, insistía en que la muerte (de otros) no era tan mala después de todo y que, en este contexto, se adelantó a la definición de Woody Allen: “morir es lo mismo que dormirse pero sin levantarse para hacer pis”.
Esto último que puede parecer gracioso y ocurrente cuando proviene de ámbitos cinematográficos, resultó un una tragedia mayúscula para los cientos de asesinados por el Che quien finalmente transformó aquella definición en que “el verdadero revolucionario debe ser una fría máquina de matar”. Y todo por la manía de los Stalin, Pol Pot, Hitler y Castro de este planeta que en sus ansias por fabricar el consabido “hombre nuevo” han torturado, vejado, mutilado y asesinado a millones de seres humanos.
Y pensar que Cuba, a pesar de las barrabasadas de Batista, era la nación de mayor ingreso per capita de Latinoamérica, eran sobresalientes en el mundo las industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional, tenia televisores, radios y refrigeradores en relaciona la población igual que en Estados Unidos, líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, turbinas, porcelanas y textiles. Todo antes de que el Che fuera ministro de industria, período en que el desmantelamiento fue escandaloso. La divisa cubana se cotizaba a la par del dólar, antes que el Che fuera presidente de la banca central.
Como no podía ser de otro modo el Che comenzó su carrera como peronista empedernido. Recordemos que la política nazi-fascista de Perón sumió a la Argentina en lodazal del que todavía no se ha recuperado y que, entre otras cosas escribió en 1970 que “Si la Unión Soviética hubiera estado en condiciones de apoyarnos en 1955, podía haberme convertido en el primer Fidel Castro del continente” y, cuando estaba en el poder vociferó en 1947: “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” y, en 1955, sentenció que “Al enemigo, ni justicia”.
Es inadmisible que alguien con dos dedos de frente sostenga que la educación en Cuba es aceptable puesto que, por definición, un régimen tiránico exige domesticación y solo puede ofrecer lavado de cerebro y adoctrinamiento (y con cuadernos sobre los que hay que escribir con lápiz para que pueda servir a la próxima camada, dada la escasez de papel). Del mismo modo parecería que aun quedan algunas mentes distraídas que no se han informado de las ruinas, la miseria y las pocilgas en que se ha transformado el sistema de salud en Cuba y que solo mantiene alguna clínica en la vidriera para impresionar a cretinos.
Esperemos que los que siguen usando lo símbolos del Che como una gracia perciban que se trata de la humorada mas lúgubre, mórbida y patética de cuantas se le pueden ocurrir a un ser humano. Es lo mismo que ostentar la imagen de la tenebrosa cruz svástica como señal de paz.

El Autor:
Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias, en Argentina.
Es Doctor en Economía y es Doctor en Ciencias de Dirección. Integra también la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Es autor de once libros y cuatro más en colaboración y enseña desde hace 35 años en universidades de la Argentina y del exterior. Sus libros incluyen prólogos del premio Nobel en Economía James M. Buchanan, del ex-Secretario del Tesoro del gobierno de los Estados Unidos, William E. Simon, del premio Nobel en Economía F.A. Hayek y de Jean-François Revel, miembro de la Academia Francesa.
En dos oportunidades integró el Consejo Directivo de la Mont Pelerin Society y fué asesor económico de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, de la Cámara Argentina de Comercio, de la Sociedad Rural Argentina y del Consejo Interamericano de Comercio y Producción.
Ha dictado seminarios y pronunciado conferencias en Canadá, Estados Unidos, Austria, Suiza, España, Australia, Corea del Sur, la República de China y en la mayor parte de los países latinoamericanos.
Pueden consultarse
aquí el detalle de sus publicaciones.



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13/10/07

El Che,un mito que declina

Por Eduardo Mackenzie*

LiberPress-Baracutey Cubano - 10 de octubre de 2007- , que portan miles de adolescentes en el mundo, por rutina es cierto, pues la gran mayoría de ellos ignora que el hombre impartía la muerte a donde quiera que fuera. Pocos entre ellos han leído los textos del personaje, donde la violencia llamada "política" es el alfa y omega de un pensamiento que se pretende revolucionario, justiciero y puro. El 40 aniversario de la muerte del Che, gris a más no poder, muestra que la verdad respecto de ese personaje se abre paso, por fin, en los cinco continentes. A diferencia de lo que ocurrió en otras ocasiones, esta vez sólo hubo dos celebraciones oficiales. La más obvia de todas, la de Cuba, fue un acto rutinario, sin brillo, pues Raúl Castro, quien reemplaza a su hermano Fidel en la conducción de la isla, nunca fue un idólatra de "el argentino", como Raúl llamaba a Guevara.
En Bolivia, la celebración fue repudiada por más de la mitad de la ciudadanía. Esta, con razón, no acepta que Evo Morales haga el elogio de una invasión de mercenarios que a mató 55 soldados bolivianos (y a algunos civiles), y que pretendía, en 1967, poner el país bajo la bota de la dictadura cubana. "El homenaje debería ser hecho a los soldados que derrotaron a ese invasor", estimó el general Gary Prado, quien dirigió la columna militar que capturó al Che. El general Ricardo Farfán, comandante de la octava división del Ejército, encabezó un acto militar en honor de las fuerzas militares que combatieron a los guerrilleros de Guevara. Ningún ministro de Morales se hizo presente.
En Caracas, el homenaje oficial al Che se vino al suelo cuando los delegados de las FARC, invitados bajo el pretexto de los pretendidos diálogos con el presidente Hugo Chávez para la liberación de los rehenes en Colombia, no pudieron llegar a tiempo. La "revolución bolivariana" iba a mostrarlos como el ejemplo vivo de la actualidad del pensamiento del Che. Los "ejemplos vivos" irán sin duda a Caracas un día, cuando puedan, pues en estos días dependían de un salvoconducto que su enemigo, el gobierno del presidente Alvaro Uribe, no quiso darles.
El culto del "héroe" cubano-argentino había decaído bastante en los años 1990. Pero fue revivido en 1997 por La Habana tras el hallazgo (que algunos cuestionan), de los restos del guerrillero en Bolivia y la construcción de un mausoleo en su honor en Santa Clara. Diez años después, el mito del "hombre más maduro de esta época", como lo llamara un día Jean-Paul Sartre, se destiñe y los estudios críticos comienzan a interesar al gran público.
En Francia, donde tantos intelectuales de renombre avalaron durante décadas el sistema soviético y sus satélites, y cerraron los ojos ante los crímenes inmensos del comunismo, también se instala un nuevo clima de reflexión sobre esos temas. Numerosos artículos, reportajes y libros que muestran al verdadero Guevara, vienen siendo publicados desde 2004. En octubre de ese año, Le Monde publicó un texto impecable bajo el título de "El guevarismo no es un humanismo". El mismo año, el diario madrileno El País dejó pasar un artículo excelente: "El mito truncado del Che", que recordaba todos los fracasos repetidos del personaje cuando se desempeñó como guerrillero, economista, diplomático y político. En noviembre de 2006, la revista francesa Historia publicó un dossier de cuatro textos. El de Remi Kaufer habla del Che como títere de Fidel, el de Jacobo Machover examina las matanzas en La Cabaña, el de Vincent Bloch la destrucción de la economía de la isla, y el de Paul-Eric Blanrue trata acerca del "comandante de las guerras perdidas".El nuevo ensayo de Jacobo Machover, escritor e historiador cubano exilado en Francia, publicado en francés hace unos días, es uno de los más penetrantes y agudos. "La face cachée du Che" muestra al hombre autoritario que era Guevara, temido hasta por sus colaboradores más cercanos y autor de cientos de fusilamientos ilegales y de otras atrocidades en Cuba, el Congo y Bolivia. Machover revive, en particular, los crueles episodios del cuartel de La Cabaña, donde el Che, tras el triunfo del ejército rebelde, hizo fusilar a 164 personas, entre el 3 de enero y el 26 de noviembre de 1959, actividad por la que se ganó el apodo de "el carnicerito".
Antes de la derrotta de Batista, el Che había ordenado el fusilamiento de otras tantas personas, incluidos algunos de sus propios combatientes.No todas las víctimas de Guevara eran, como la propaganda castrista afirma, "esbirros" de Batista. En La Cabaña había opositores políticos y gente inocente. El caso de Rafael García, 26 años, un agente de policía que nunca participó en hechos de sangre, es conocido. Condenado a muerte en un simulacro de juicio, fue pasado al paredón por el lider guerrillero. Sergio García logró demostrar la inocencia de su hermano a Ernesto Guevara. La respuesta de éste fue: "Su hermano es quizás inocente, pero el portaba un uniforme azul. Debe entonces morir".Este 8 y 9 de octubre, la prensa parisina publicó artículos sobre los 40 años de la muerte de Guevara. "El Che, angel cruel, cae de su pedestal", titula Le Figaro, el principal matutino del país. François Hauter, autor del texto, dice : "El Robespierre cubano era un torturador iluminado y sin piedad". La revista L'Express no se queda atrás. El reportaje de Alex Gyldén se intitula "Guevara: sangre sobre la estrella". Gyldén entrevistó a varios testigos de esa época aciaga, entre ellos al sacerdote Javier Arzuaga, ex capellán de La Cabaña, quien publicó en 2006 sus memorias y algunos de los testimonios que recibió de los condenados a muerte. "El Che nunca trató de ocultar su crueldad", estima el sacerdote. "Por el contrario. Entre más se le pedía compasión más él se mostraba cruel. El estaba completamente dedicado a su utopía. La revolución le exigía que hubiera muertos, él mataba; ella le pedía que mintiera, él mentía". Arzuaga evoca un detalle que dice más que lo anterior: "En La Cabaña, cuando las familias iban a visitar a sus parientes, Guevara, en el colmo del sadismo, llegaba a exigirles que pasaran delante del paredón manchado de sangre fresca."El historiador Pierre Rigoulot, dedica páginas interesantes al Che en su voluminoso trabajo intitulado "Coucher de soleil sur La Havane, la Cuba de Castro, 1959-2007". Guevara, dice Rigoulot, "rechazaba los compromisos y las contingencias de la vida cotidiana, lo que para ciertos analistas constituye una fascinación por la muerte, mientras que otros ven como una sed de santidad y de amor por lo absoluto".
En su libro de 1965 El Socialismo y el hombre en Cuba Guevara aborda el tema del "hombre nuevo", utopía central de los dos grandes totalitarismos, el comunismo y el nazismo, y dice trivialidades como ésta: "El hombre nuevo será completo, total, pleno", y alcanzará "la plena realización como creatura humana". Su aporte original, si lo hay, tiene que ver, por lo contrario, con la devastación y la muerte: el Che preconiza la destrucción de la civilización occidental, "la cual oculta detrás de su fachada pomposa una banda de hienas y chacales". Rigoulot concluye: "Su exaltación de la muerte, asociada a su incompetencia en materia económica y financiera cuando era ministro, ofrecen algunos datos útiles para desmontar el personaje así como la ideología que lo acompaña: lo importante para él es vivir lo trágico de la Historia ('la hora de los braceros'), rechazar la prosaica y apagada búsqueda de una expresión democrática y del desarrollo económico."
Guevara era, en efecto, un exaltado que no vaciló en decir ante una asamblea general de la ONU estas palabras escalofriantes: "Sí, nosotros hemos fusilado; nosotros fusilamos y seguiremos fusilando hasta cuando sea necesario". Otro aporte de Guevara al "humanismo" de todos los tiempos, que los jóvenes pacifistas que deambulan con el rostro del Che en sus pechos probablemente ignoran, es esta fórmula de antología de su conocido Mensaje a la Tricontinental, que constituye, en verdad, su único testamento político: "el odio intrasigente del enemigo". Ese, "odio intrasigente del enemigo" es el que, según Guevara, "empuja más allá de sus límites naturales al ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fria máquina de muerte".Impermeables a esta revolución teórica y a todo diálogo, los grupúsculos de extrema izquierda francesa, son los únicos que intentan relanzar el culto del Che. El diario comunista L'Humanité lanzó un ladrillo de varias páginas para tratar de demostrar la "originalidad" del pensamiento de Guevara. El resultado no es convincente.
Por su parte, Olivier Besancenot, lider de la trotskista LCR, publicó un panfleto elogioso del Che, que evita, claro está, los puntos más obscuros y terribles del hombre. Allí el lector encontrará, en cambio, una serie de lugares comunes y de interpretaciones abusivas sobre Guevara, como aquella que pretende que "la meta definitiva" de éste era "el cambio social con desarrollo individual".No es sino ver lo que la dictadura de los hermanos Castro ha hecho de Cuba para adivinar qué es lo que promete Besancenot con su "cambio social con desarrollo individual". El jefe de la LCR no es el único en poner en remojo un cierto discurso habitual. Aleida Guevara March, la hija de Ernesto Guevara, aseguró en estos días en París: "El Che no fracasó, los pueblos se agotan, pero las revoluciones siguen siendo posibles". ¿De qué tipo de revolución habla ella? Aleida Guevara March no es muy directa al respecto, ni acerca del nuevo socialismo que impulsan los Castro, Chávez, Morales y Ortega. Ella habló, eso sí, de una categoría obscura : de "la nueva sociedad más fuerte". ¿Un nuevo tipo de dictadura?En Colombia, algunos periodistas, sin mentirse sobre el fracaso de la cosmogonía guevariana, no pudieron evitar, a pesar de todo, la trampa de la comparación entre el Che y Cristo, entre el Che y Rimbaud. Esa comparación es absurda. Ni Cristo ni Rimbaud llegaron a matar a nadie.
*Eduardo Mackenzie,- Periodista colombiano radicado en París.

El Che es el “santo patrono” de la guerra

Por William Ratliff

LiberPress/ El Instituto Independiente- Octubre de 2007- Asís, Italia—Mientras camino hacia la imponente basílica de San Francisco en esta antigua ciudad, observo un rostro familiar en un puesto de suvenires a mi izquierda. Era el Che Guevara, la imagen del macho barbudo y desalineado que todos conocen de la famosa fotografía de Korda, con el halo.
Este mes marca el cuadragésimo aniversario de su muerte en Bolivia. Encontrar una remera con la imagen del Che en este pequeño pueblo de Umbría junto a las estatuillas del santo patrono de los pájaros enfatiza la “férrea benevolencia” practica casi franciscana del Che tal como es descripta en el culto actual. En Bolivia, el presidente Evo Morales habló en estos términos cuando le dijo a los asistentes aun acto que nadie podrá ser jamás un sucesor del Che a menos que “diese su vida por la humanidad”.
La Iglesia Madre de la reencarnación del Che como un santo se encuentra en Cuba, donde la comercialización del héroe es tan vertiginosa como lo son las ventas de San Francisco en Asís. Cuba informó a comienzos de octubre que médicos cubanos acababan de devolverle la visión al verdugo del santo. La moral, sostuvo Granma el periódico del Partido Comunista, es que a cuatro décadas de que el hombre había “intentado destruir un sueño y una idea, el Che regresaba para ganar otra batalla”.
La yuxtaposición aquí en Asís resalta la mentira de la santidad del Che, a menos que exista un santo de la guerra. San Francisco fundó a los franciscanos después de que un tiempo en el campo de batalla lo iluminara espiritualmente y prometiera predicar la salvación a través de la pobreza, la penitencia y la no confrontación. La iluminación del Che ocurrió durante un viaje narrado en el popular film “Diarios de Motocicleta” y después de que se convirtiera en un cada vez más entusiasta defensor y practicante de la salvación popular a través de la guerra.
El Che era una figura intransigente y al estilo de un mesías en una región plagada por lo que le venezolano Moises Naim denomina “malignidades legendarias: desigualdad y pobreza, una política disfuncional e instituciones que funcionan mal”. Durante siglos la cultura latina ha inclinado a la gente a buscar y seguir a milagrosos paternalistas, a veces llamados caudillos, como actualmente el presidente venezolano Hugo Chávez, quien promete brindar una vida mejor a sus leales seguidores.
Al igual que Chávez en la actualidad, el Che juró llevar justicia a los oprimidos por centenarias tiranías aplastantes. Probablemente lo pensaba, era ciertamente audaz, dio su vida por la causa y su reputación se benefició mucho del hecho de que fue martirizado por los estadounidenses a los que tanto odiaba. Ante el resultado de la guerra de Irak, su combinación de virtudes verdaderas y falsas ha renovado su atractivo para el frustrado, el descontento y el ideologizado en un mundo cada vez más anti-estadounidense.
Pero solamente los ignorantes o interesados pueden ver los antecedentes de Guevara y juzgarlo como un desinteresado defensor de los pobres o un éxito impresionante en la mayoría de sus esfuerzos. Su camino, totalmente contrario al de San Francisco, fue el de promover el conflicto y la guerra en todos los continentes. El Che apoyaba totalmente la máxima de Fidel de que “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, no negociar las reformas con todas las parte involucradas.
Los escritos del Che sobre la guerra de guerrillas se volvieron mundialmente famosos, pero los esfuerzos para liderar a los guerrilleros que lo absorbieron en los últimos años de su vida fueron fracasos patéticos, en África y América Latina, y miles influenciados por él perecieron en guerras contra dictadores y demócratas. En un país tras otro, los oprimidos perdieron mucho más de lo que ganaron con las ideas, actividades y fanatismo de este convencido.
El Che estaba obsesionado con la participación estadounidense en Vietnam y más allá y trazaba conclusiones apocalípticas a partir de allí. Su ultimo escrito importante, el Mensaje a la Tricontinental de 1967, una agrupación de revolucionarios tercermundistas, aguardaba ansiosamente “dos, tres, muchos Vietnams” alrededor del mundo lo que extralimitaría a los Estados Unidos como para precipitar su colapso. La guerra de 1966-67 en Bolivia, donde murió, fue planeada precisamente para crear “un Vietnam en las Américas con su corazón en Bolivia”, tal como escribió su camarada cubano Pombo en su diario justo antes de que perecieran juntos en los Andes.
Por lo tanto, si alguna vez compra una remera del Che, o hace un gesto de aprobación cuando se topa con alguien que está luciendo una, recuerde qué es lo que está avalando. Tal como escribió Paul Berman en ocasión del estreno del film Diarios de Motocicleta, el culto del Che es “un episodio en la insensibilidad moral de nuestra época”
Incluso George W. Bush parece haber aprendido que la negociación puede resultar más provechosa que el conflicto. La última cosa que necesita el mundo hoy día es que alguien más glorifique a la guerra como la única solución ante los diferendos. Los escritos finales del Che hacen precisamente eso, promueven la manipulación del “odio intransigente” del cual los hombres son capaces a fin de convertir a cada persona en “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Un objetivo verdaderamente humanitario sería trabajar para tener menos Vietnams e Iraks, no más.

Traducido por Gabriel Gasave
William Ratliff es Asociado Adjunto en The Independent Institute, Investigador Asociado en la Hoover Institution de la Stanford University, y un frecuente escritor sobre temas de la política exterior china y cubana
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12/10/07

Los fracasos del Che Guevara

Por Marcelo Gioffré
Para LA NACION

LiberPress- Diario La Nación, Bs As, 30 de Julio de 2005 - Un legislador de la ciudad de Buenos Aires ha propuesto la denominación de "Che Guevara" para la avenida Cantilo, lo que lleva a meditar sobre los eventuales méritos del personaje postulado.
Hijo de una familia aristocrática argentina, Guevara renegó de su origen y de su tierra. Recibió el título de médico y también declinó el ejercicio de la profesión. De estudiante, intentó fabricar gamexane con talco, marca Vendaval, pero le fue mal en la empresa. En 1952, abandonó en un leprosario de Venezuela a su amigo Alberto Granado, con la promesa de que volvería, cosa que nunca hizo. En Guatemala, en el 54, intentó en vano la defensa de Jacobo Arbenz frente a un golpe de Estado. Como intendente provisional de Sancti Spiritus, prohibió la bebida y el juego, regla que debió revocar al día siguiente. Fracasó en su matrimonio con Hilda Gadea. Por vanidoso, cometió el error de publicar su libro Guerra de guerrillas, que fue muy útil para el Pentágono, al poner en evidencia los secretos de la subversión armada. Fracasó al subestimar el bloqueo. No tuvo ningún éxito en su misión diplomática en la Conferencia de Punta del Este de 1961, donde debía llegar a un acuerdo con los norteamericanos. Fracasó en su plan de industrialización acelerada y con ello provocó una debacle de la zafra azucarera. Perdió con los economistas rusos la controversia sobre los estímulos (que él pretendía morales -el "hombre nuevo"- y los técnicos soviéticos, materiales). Fracasó en su valoración de China y no pudo convencer a Mao Tse-tung, en 1965, de hacer otra guerra de guerrillas en América latina. Contribuyó en Cuba a crear un monstruo y debió renunciar e irse. Fracasó como hijo (al menos en la famosa dicotomía moral que Jean-Paul Sartre plantea en El existencialismo es un humanismo), ya que cuando la madre murió de cáncer no pudo estar a su lado, y en una carta final, que llegaría tarde, escribió: "Los he querido mucho; sólo que no he sabido expresar mi cariño". Cometió el error de confiar a Fidel Castro una carta para ser leída después de su muerte y Castro la leyó prematuramente, traicionándolo. Fue a luchar al Congo y, más allá del pintoresquismo de saborear sopa de mariposas, debió abandonar la misión. Le armaron una guerrilla inverosímil en Bolivia y también fracasó. No fue hábil para captar al comunista Monje ni a los campesinos para esa lucha guerrillera. Fue padre de cinco hijos y, objetivamente, los dejó librados a su suerte para emprender un viaje disparatado hacia utopías mal calculadas. El conjunto de su vida podría verse como una impecable estética del fracaso, que concluyó, póstumamente, con toda una generación diezmada en su nombre.
¿Cuál es su mérito real, dejando de lado el hecho de ser un fetiche de la rebeldía setentista, estampado en infinitas remeras fabricadas según cánones capitalistas?
Es verdad que accedió a la difícil categoría de mito, pero a ello contribuyeron circunstancias aleatorias que nada tienen que ver con sus virtudes. El triunfo militar en Cuba se debió mucho más a la prudencia de Castro que al heroísmo irresponsable del Che. La muerte y la desaparición del cuerpo ayudaron a forjar la leyenda. La necesidad del régimen cubano de tener próceres, también. Su condición de fundamentalista de la pureza, que comparte con Hitler, también. Pero ninguno de estos aspectos son méritos genuinos. Su antiperonismo tampoco puede ser visto como la vedette de su pensamiento, sino más bien como la típica crítica del intelectual de izquierda a un partido reformista.

Es más: hace dos años, almorzando en un bar de la calle Salguero con Humberto Vázquez Viaña, un boliviano que integró los cuadros de apoyo guerrillero a quien Guevara menciona en su diario, fui objeto de una confesión estremecedora. Este hombre conjeturaba que el verdadero motivo por el cual Guevara había luchado no era ideológico ni idealista, sino terapéutico. Como se sabe, Guevara sufría de asma y nunca experimentó un ataque en medio de una batalla -quizá por la generación de adrenalina adicional-, razón por la cual el propósito oculto de sus campañas, de su irrefrenable deseo de seguir luchando y apartarse de las tareas de escritorio, no habría sido otro que evitar esos espasmos bronquiales. Un motivo francamente espurio, cuya eventual confirmación dejaría mudos a tantos manifestantes que enarbolan su foto con la boina calada.
Pero hay un segundo tema: ¿cuál es el límite a los cambios en las ciudades? En Nueva York se está dando un debate sobre la ampliación del Whitney Museum of American Art, que está emplazado en Madison Avenue y la calle 75. De acuerdo con el proyecto original del arquitecto italiano Renzo Piano, la ampliación requería la demolición de dos fachadas antiguas y arquetípicas, de piedra marrón, con sus escaleras de hierro colado por fuera, lo que en principio está prohibido por la legislación local.
Pero dicha imposibilidad podía ceder frente a una decisión expresa de la Landmarks Preservation Commission, cuya tarea consiste, justamente, en establecer cuáles son las excepciones admisibles a la norma. Planteada la cuestión a la comisión, ésta optó por un proyecto alternativo, mucho más modesto, según el cual se tirará abajo sólo una de las fachadas, lo que obligará a achicar la puerta de acceso del nuevo museo y seguir el ámbito previsto por detrás de la fachada que se mantendrá intacta, en su parte exterior, sobre Madison Avenue.
Renzo Piano mantuvo el optimismo, quizá por razones más crematísticas que arquitectónicas, y sostuvo que la pequeña entrada ayudará a crear un elemento oblicuo de sorpresa, al acceder a un gran lobby inundado de luz, como en los jardines edénicos. El New York Times, en cambio, criticó la decisión en un artículo titulado "La comisión preserva el pasado al costo del futuro", indicando que esa comisión tiene por cometido estudiar cuándo las reglas deben ser rotas y establecer, así, un correcto balance entre la preservación histórica y el florecimiento de los nuevos emprendimientos arquitectónicos y que, en cambio, ha adoptado una actitud timorata que lleva a una suerte de "fachada Potemkin", que paradójica y simbólicamente parece definir las funciones que cumple en la práctica el organismo: limitarse a la defensa de lo superficial.
La cuestión es que ni Nueva York ni Buenos Aires viven ya, como sí quizá pasaba en los años 60 y 70, con la amenaza arrasadora del modernismo. Llaman la atención, por eso mismo, ciertas voces reaccionarias que se aferran al mero nombre de una calle, como si eso fuera el alma de la ciudad y su eventual cambio pudiera herirla de muerte.
Hace unos días, en una carta de lectores, un señor se lamentaba de que el consultorio de su padre hubiera estado en una avenida que hoy tiene otro nombre. La vieja puja de tradicionalistas y modernistas es ya obsoleta. Es la suma de diferentes épocas históricas, cada una aportando sus propios valores y visiones del mundo, la que otorga riqueza y sentido a las cosas: sólo en esa dinámica creativa y dialéctica se van articulando y reinventando las ciudades, lo que torna inaceptable la intransigencia dogmática frente al cambio.
Pero entre ese ensamble tenso y rico y la idea de homenajear a soñadores trasnochados, por más romántica que sea la estela que hayan dejado, media una distancia que no puede ser salvada sin temeridad.

El autor es escritor, periodista y abogado. Su último libro es la novela Mancha venenosa.

11/10/07

San Che Guevara

por Carlos Sabino

LiberPress- HACER.ORG - Se lo recuerda como un mártir, desprendido, incorruptible, lleno de amor por la humanidad, especialmente por los más pobres y los más oprimidos. Se lo rodea ya con la aureola de la santidad -una santidad laica, claro está- como un personaje noble e idealista que luchó por una utopía que proponía la creación de un hombre nuevo, revolucionario y altruista. Se evoca siempre su trágico final, asesinado cuando ya se había rendido, después de fracasar en un intento guerrillero que lo llevó hasta las selvas bolivianas al frente de un puñado de hombres. Se lo ensalza hoy, a cuarenta años de su muerte, convertido en un mito que apela a los sentimientos más puros de la juventud.
Sucede así porque El Che, y la extraña parábola de su vida, ofrecen el material propicio para construir a su alrededor la imagen mítica que los seres humanos siempre queremos tejer en nuestros sueños, porque parece apelar a ciertos valores que se presentan como puros, superiores, propios de un humanismo no contaminado. Pero la realidad, lo sabemos bien, poco tiene que ver con su supuesta santidad ni con esta imagen idealizada por el tiempo.
El Che nunca alcanzó el poder supremo y, por eso, puede ser más fácilmente canonizado que otras figuras que se convirtieron en despóticos amos de pueblos enteros: Mao, Lenin, Ho Chi Minh o Tito, por ejemplo. Pero Ernesto Guevara era sin duda uno de ellos, un revolucionario dispuesto a todo por imponer su visión del mundo, no por la persuasión sino por medio de la más descarnada violencia, ansioso de crear dictaduras totalitarias donde el ser humano pierde todo vestigio de libertad. Murió en una encrucijada trágica, no cabe duda, pero sucumbió cuando trataba de levantar en armas un pueblo que quería vivir en paz, cuando trató de subvertir el orden de un país que no lo había llamado, cuando su aventura fracasó del modo más estrepitoso ante la indiferencia o el profundo rechazo de esos mismos campesinos a los que quería incorporar a su guerra santa.
Sí, es cierto que se movió por ideas a las que entregó su vida y que no se detuvo ante ningún sacrificio. Pero no debiera olvidarse que en el camino no tuvo la menor piedad por quienes se oponían a su violenta cruzada y que no vaciló en matar, con su propia mano cuando llegó el caso, a quienes juzgó como burgueses o contrarrevolucionarios, escorias de un mundo al que quería destruir de raíz.
Su dureza y su pasión sin límites por esa utopía a la que quería arrastrar a los demás me parecen más las actitudes de un fanático o de un inquisidor que las de un santo o un modelo de humanismo. Su martirio no fue el de quienes se enfrentaron con sus manos desnudas a los leones del circo romano sino la del portador de una metralleta que quería llevar a una guerra implacable a todo un continente. Quería muchos Vietnam el Che Guevara, porque no le bastaban los millares de muertos que produjo la guerra en Indochina.
Y, por último, unas preguntas sobre su trágico final: ¿Valía más la vida del Che Guevara que la de esos jóvenes soldados indígenas que murieron por culpa de su descabellada aventura? ¿Por qué no recordarlos también a ellos, y a todos los cubanos y congoleños que tuvieron la mala fortuna de encontrarse con la dura realidad que provocaban sus utópicas visiones?

Caudillo Guevara

LiberPress/ Diario el País-Editorial del 10/10/2007 - El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración y de elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo largo de más de un siglo, grupúsculos de las más variadas disciplinas ideológicas han pretendido dotar al crimen de un sentido trascendente, arrebatados por el espejismo de que la violencia es fecunda, de que inmolar seres humanos en el altar de una causa la hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta. Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado boliviano de La Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa siniestra saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los yihadistas, que pretenden disimular la condición del asesino bajo la del mártir, prolongando el viejo prejuicio heredado del romanticismo.
El hecho de que el Che diera la vida y sacrificara las de muchos no hace mejores sus ideas, que bebían de las fuentes de uno de los grandes sistemas totalitarios. Sus proyectos y sus consignas no han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte, tanto en el único sitio donde triunfaron, la Cuba de Castro, como en los lugares en los que no alcanzaron la victoria, desde el Congo de Kabila a la Bolivia de Barrientos. Y todo ello sin contar los muchos países en los que, deseosos de seguir el ejemplo de este mito temerario, miles de jóvenes se lanzaron a la lunática aventura de crear a tiros al "hombre nuevo".
Seducidos por la estrategia del "foquismo", de crear muchos Vietnam, la única aportación contrastable de los insurgentes seguidores de Guevara a la política latinoamericana fue ofrecer nuevas coartadas a las tendencias autoritarias que germinaban en el continente. Gracias a su desafío armado, las dictaduras militares de derechas pudieron presentarse a sí mismas como un mal menor, cuando no como una inexorable necesidad frente a otra dictadura militar simétrica, como la castrista.
Por el contexto en el que apareció, la figura de Ernesto Guevara representó una puesta al día del caudillismo latinoamericano, una suerte de aventurero armado que apuntaba hacia nuevos ideales sociales para el continente, no hacia ideales de liberación colonial, pero a través de los mismos medios que sus predecesores. En las cuatro décadas que han transcurrido desde su muerte, la izquierda latinoamericana y, por supuesto, la europea, se ha desembarazado por completo de sus objetivos y métodos fanáticos. Hasta el punto de que hoy ya sólo conmemoran la fecha de su ejecución en La Higuera los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o los que invocan a Simón Bolívar en sus soflamas populistas.
Cortesía de Lila ( Cuca) Cañizares

10/10/07

El Carnicero de La Cabana

Che Guevara, cuarenta años después
Por Nicolás Águila


LiberPress- El Club de los Amigos Malos - Octubre de 2007- Un espectro recorre el mundo desde fines de los años 60: la foto de Ernesto "Che" Guevara. Su imagen, convertida en banderín de enganche de los jóvenes contestarios, ha sido reproducida hasta la náusea en pósters, camisetas, llaveros, bragas y calzoncillos. El mítico guerrillero se ha convertido en un fetiche de consumo, sin dejar de ser por ello una de las figuras señeras de la mitología revolucionaria.
Ernesto Guevara es venerado como un ser celestial, a pesar de su conocido papel de verdugo en el baño de sangre con que se inauguró la revolución castrista. El aventurero de origen argentino --que se ganó muy pronto la confianza de Fidel Castro al ofrecerse para la primera ejecución sumaria en la guerrilla de la Sierra Maestra-- entró en La Habana en 1959 con su leyenda guerrillera y su famosa estrella de comandante.
Inmediatamente se hizo cargo de la jefatura de La Cabaña, una tenebrosa fortaleza colonial donde fueron ejecutados centenares de reos, primero batistianos y después opositores anticastristas, condenados por contrarrevolucionarios en juicios sumarios sin las mínimas garantías procesales. La mayoría de ellos no llegaba a los 30 años.
Se sabe que algunos de los llamados tribunales revolucionarios llegaron a sentir remordimientos de conciencia a la hora de dictar sentencias de muerte o largas penas de prisión con base en acusaciones infundadas. Uno de ellos, presidido por el comandante Félix Pena, se atrevió a absolver por falta de pruebas a un nutrido grupo de pilotos de la fuerza aérea batistiana. Se negó a seguir el rumbo implacable de la "justicia revolucionaria", que mandaba juzgar "por convicción" y no por pruebas. El propio Fidel Castro se erigió en magistrado en jefe. Declaró la nulidad del juicio impecable y ordenó la formación de otro tribunal para "juzgar" de nuevo a los pilotos. Los condenaron esta segunda vez y el comandante Pena, abogado y guerrillero de la Sierra Maestra, terminó "suicidándose".
El Che Guevara no se andaba con esos remilgos. Frío y calculador, carecía de los escrúpulos primarios de Félix Pena. En su condición de máximo responsable de los fusilamientos en La Cabaña, exigía que en los juicios sumarios prevaleciera el celo militante por encima de cualquier consideración de orden jurídico. En las sentencias prefabricadas, que él mismo revisaba y aprobaba, no cabía el titubeo de la duda razonable ni ningún otro rezago de la "justicia burguesa".
Su divisa no era "en la duda, abstente", sino la de los tiempos de la Sierra Maestra: "ante la duda, mata". Sus órdenes, por otro lado, no siempre estaban exentas de esa "fina ironía" que cautivó a más de un intelectual a ambos lados del Atlántico. En ocasiones mandaba al paredón escribiendo esta nota breve y terminante: "Dale aspirina".
La macabra aspirina del Che cundió de tal modo que incluso se le llegó a aplicar a antiguos compañeros de armas. Por lo que quizás no estuviera del todo errado el poeta Roque Dalton cuando proclamó a todo pecho que "el socialismo es una aspirina del tamaño del sol." Tiempo después él mismo pudo comprobar en carne propia lo que es la aspirina socialista según la receta del doctor Guevara. Nada menos que sus propios camaradas de la guerrilla se lo pasaron sumariamente por las armas.
Otra frase atribuida al Che Guevara, "endurecerse sin perder la ternura", ha causado fascinación entre muchos latinoamericanos, tal vez por sintetizar la visión idealizada del bandolero gallardo, o por el atractivo que ejercen sobre las masas las cursilerías rotundas. Pero sobre todo, por no entenderse bien que "endurecerse" significa, en clave guevarista, aplastar sin piedad al adversario político. O dicho con las palabras que el propio Guevara usó para definir el papel de un buen revolucionario, endurecerse es convertirse en "una efectiva, violenta y selectiva máquina de matar a sangre fría".
Che Guevara alcanzó la categoría de mito porque encarnó las actitudes iconoclastas de una época turbulenta. Eran tiempos en que los jóvenes del mundo occidental combinaban el rock y la droga con la gamberrada política. Se forjaban nuevos ídolos representativos del radicalismo que marcó los años 60. La figura de Guevara les venía de perlas.
Su conversión en "héroe legendario" también se explica, desde luego, por el hecho de haber muerto relativamente joven en lo que suele verse como una aventura quijotesca. Pero más que nada, se debe al impacto de una foto que le tomaron siete años antes de su muerte, donde aparece con estampa de poeta romántico, muy al gusto de aquellos años hippies -- una de las pocas fotos suyas, por cierto, en que no sobresale su notable parecido físico con Cantinflas, el famoso cómico mexicano.
A 40 años de la muerte del Ché, sin embargo, la distancia histórica ofrece suficiente perspectiva crítica como para tirar la famosa foto en el mismo basurero adonde fue a parar la utopía fallida que le sirvió de marco. Pero la chemanía se resiste a desaparecer, estimulada por la frivolidad de la izquierda y por la falta de escrúpulos de los que comercian con la lucrativa imagen, convertida en un icono pop.
La idolatría del verdugo castrista es uno de esos contrasentidos de que se nutre el "ideario antimperialista". ¿Cómo entender a esos pacifistas que protestan contra la guerra de Irak al mismo tiempo que enarbolan la efigie de una figura que predicaba la violencia sistemática?
No es la ternura lo que se pierde, sino la cordura, cuando se le rinde culto a un personaje que se propuso imponer a tiros y bombazos su distopía sangrienta. La instantánea de Korda nos oculta la dimensión sanguinaria de ese espectro que recorre el mundo con todo el espanto de su monosílabo totalitario. Che, le dicen sus fans y seguidores. Los cubanos preferimos llamarlo El Carnicero de La Cabaña.

9/10/07

Ernesto Che Guevara: 40 años de la creación de un icono a partir de un asesino

José Carlos Rodríguez

LiberPress/ Libertad Digital - Hoy es 9 de octubre. Los amantes de la libertad tienen marcada en su memoria la misma fecha de dentro de un mes, porque se acuerdan de que hace sólo 18 años el pueblo alemán echó abajo el muro de Berlín e inició la revolución liberal que certificó el fracaso histórico del socialismo. Pero el de 2007 está marcado por otro aniversario celebrado por quienes querrían reconstruirlo ladrillo a ladrillo: hace 40 años Ernesto Che Guevara fue ejecutado en la localidad boliviana de La Higuera. Con su muerte se convirtió un asesino, ungido por la izquierda mundial, en un icono pop. El icono nació exactamente el 5 de marzo de 1960. Ese día Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido como Alberto Korda, le tomó la fotografía que acuñó el mito. Asistía a un funeral masivo, pero no por sus numerosas víctimas, sino por los mas de 80 cubanos que murieron el día anterior al estallar un barco francés cargado con munición. Su efecto, precipitado e indiscriminado, se adelantaría a los planes del régimen para muchos otros cubanos. Korda describió al Che captado por su cámara como "guerrillero heroico" y "encabronado y valiente".
La imagen no se transformó en un símbolo del socialismo, del crimen ungido por la ideología, hasta su muerte. La fotografía sólo estuvo accesible a los visitantes del estudio de Korda durante el primer año. Probablemente no se habría convertido en lo que es de no haber llegado a Europa de la mano de Giangiacomo Feltrinelli en 1967, el año de su muerte, cuando cubrió las paredes de Italia con la fotografía. De ahí se filtró a las revistas y se creó, definitivamente, el mito.
Un grupo de anarquistas alemanes le enviaron la imagen al diseñador gráfico Jim Fitzpatrick, que fue el primero en crear el icono en la revista Stern. "Lo diseñé deliberadamente para que se reprodujera como conejos". Le quitó el volumen a la fotografía y lo convirtió en un grafismo plano y fácilmente manipulable.
Trisha Ziff, directora de una exposición itinerante sobre la iconografía del Che, ha declarado a la BBC que "El Che Guevara se ha convertido en una marca. Y el logo de la marca es la imagen, que representa el cambio. Se ha convertido en el icono del pensamiento alternativo a cualquier nivel, ya sea anti-guerra, pro ecologista o anti-globalización". "Se ha convertido en este momento en una corporación; en un imperio", añade. Desde luego, el Che Guevara ha sido engullido por la sociedad de consumo. Elvis, Madonna, camisetas, cómics, videojuegos…
Se acabó la diversión
Pero, con todo el poder de aquella fotografía, manipulada y replicada con todas las formas imaginables (la última es la caracterización del empresario Martín Varavsky en la portada del European Business), no es el único producto típico del Siglo XX que ha convertido al Che en un producto de consumo masivo, utilizado tanto para vender zapatillas de deporte o camisetas como cigarrillos. Como recoge el New York Times, el Investor's Business Daily ha editorializado recientemente, "¿Qué será lo próximo? ¿Mochilas de Hitler? ¿Vajillas de Pol Pot? ¿Pantys de Pinochet?".
Dos años antes Carlos Puebla sacó el tema "Hasta siempre, Comandante", una bella guajira en la que ensalzaba al fusilero. "Tu mano gloriosa y fuerte sobre la historia dispara", dice la letra de la canción. El compositor también hizo un canto a la revolución con el estribillo "¡y en eso llegó Fidel! Y se acabó la diversión: ¡llegó el Comandante y mandó a parar!".
Se acabaron la diversión, la prosperidad, la libertad e incluso la vida para muchos cubanos. Llegó el Comandante y mandó detener la historia en la isla-cárcel. O continuar en ella lo que hoy es un anacronismo: el socialismo real. Porque este en un mes se cumplen 18 años del derribo del muro por el pueblo alemán.
Ernesto Guevara, el Che, contribuyó a la tiranía de Fidel Castro en Cuba. No se conoce el número de muertos causados por el socialismo-o-muerte en Cuba. El proyecto Archivo Cuba, quiere recoger todos los datos posibles sobre los crímenes cometidos en nombre de la revolución. María Werlau, directora ejecutiva de Archivo Cuba, no pudo dar una cifra aproximada de las víctimas del socialismo en la isla: "No lo sé, cien mil... doscientos mil...". Gran parte de ellos han perdido la vida intentando huir del paraíso socialista. Muchos han sido simplemente ejecutados por el régimen.
El propio Che era aficionado a ejecutar a cubanos puestos contra la pared. Manuel Capitán, Joaquín Casillas Lumpuy, José Luis Alfaro Sierra, Ricardo José Grau… ninguno de esos nombres nos dice hoy nada. Tuvieron el privilegio, así visto por quienes le admiran, de conocer a Ernesto Guevara. Probablemente fue, incluso, la última persona que vieron en su vida, ya que son sólo cuatro de los 164 personas, con nombre y apellidos, que murieron a manos del revolucionario. Todos los niños de Cuba dicen por la mañana "yo quiero ser como el Che". Hoy nos acordamos de todas sus víctimas.
Cariño por los criminales
En la gala de los Goya de 2003, aquél acto político revestido de fiesta del cine español, Willy Toledo se presentó ante toda España con una camiseta con la imagen de Ho Chi Minh. Sus víctimas por pura represión se cuentan en centenares de miles, todo un logro recordado por el actor español en aquella gala del no-a-la-guerra. Nadie en aquella sala se escandalizó por la imagen de un genocida. Si en lugar de Ho Chi Minh Toledo hubiera impreso en su camiseta al Che Guevara hubiera despertado, incluso, muchos más aplausos. El Che se ha convertido en todo un ídolo para una parte importante de la izquierda, que lejos de tener reparos morales ante asesinos políticos como Ernesto Guevara, ha demostrado hacia ellos una total simpatía.

Cortesía de Lila (Cuca) Cañizares

Che Guevara o el extravío de un fanático

Fernando Díaz Villanueva

Su enemigo no fue el imperialismo, ni la injusticia, ni siquiera Fidel Castro. Su enemigo fue el sentido común

LiberPress/ Libertad Digital- 9 de octubre de 2007 - A menudo suelen preguntarme si el Che Guevara era de verdad un asesino, o si es cierto que nunca llegó a terminar la carrera de medicina, o si como ministro fue tan desastroso como dicen muchos cubanos, o, directamente y sin rodeos, si fue Fidel Castro el responsable de su muerte en Bolivia.
Lo cierto es que, efectivamente, Ernesto Guevara de la Serna, que es como se llamaba el Che, fue un asesino. Un asesino político para más señas, modalidad ésta que en España nos conocemos al dedillo. Como tantos otros en el siglo XX, mató con sus propias manos u ordenó a un pelotón de fusilamiento hacerlo porque creía firmemente que era su deber de revolucionario. El comunismo, como error intelectual y enfermedad moral de primer orden, tiene estas aberraciones y opera estos cambios en la conducta de individuos aparentemente pacíficos y resueltamente heroicos, al menos en la peculiar concepción de heroísmo que guardan para sí los que pretenden cambiar el mundo a punta de pistola.
También es cierto el persistente rumor que deja sin título de médico al galeno más celebrado de la izquierda latinoamericana, quizá de la mundial. Lo más probable es que nunca terminase la carrera, y no porque le hubiese dejado de gustar la medicina sino porque en aquellos años juveniles tenía otras prioridades más urgentes que atender. Prioridades como, por ejemplo, embarcarse a lomos de una motocicleta en una aventurilla con un amigo que le llevó por buena parte de Sudamérica en un viaje fascinante.
Hacer esto, obviamente, no es ni mejor ni peor que estudiar una carrera. Una carrera inconclusa que, dicho sea de paso, nunca le daría de comer pero que le permitió enrolarse como teniente médico en la expedición del Granma, la misma que traslado de México a Cuba a Fidel Castro y a sus guerrilleros en noviembre de 1956. Si lo primero, lo de no estudiar, no era ni mejor ni peor; lo segundo, lo de hacerse pasar por médico, fue bastante peor que mejor. Al final no ejerció de médico en Cuba. Quizá porque carecía de los conocimientos suficientes o quizá porque apretaba mejor y con más soltura el gatillo de un revólver que el émbolo de una jeringuilla.
Como ministro fue un desastre sin paliativos, un desastre superlativo y total, una calamidad que dejó la industria cubana hecha unos zorros. Guevara fue casi con toda seguridad el peor ministro de la historia de Cuba o, incluso, yendo aun más lejos, el peor ministro que han padecido todas las naciones hispanohablantes del planeta, que no se han caracterizado precisamente por tener ministros de altura.
Antes de que le cayese en suerte el ministerio había sido gobernador del Banco de Cuba a pesar de que no tenía ni idea de banca, ni de bancos, ni de divisas ni de nada que remotamente tuviese que ver con las finanzas. El antiguo subdirector del Banco de Cuba, que tuvo la mala pata de trabajar junto al Che, me confesó hace unos años que el revolucionario de la boina era muy aguerrido y muy echado para delante pero que confundía el Fondo Monetario Internacional con el Banco Mundial. Con eso creo que está dicho todo. Con eso y con los billetes de peso cubano que, con garbo y desenfado, dio en firmar directamente con el mote, es decir, que puso "Che" y se quedó tan ancho.
En el Ministerio de Industria se ejercitó del mismo modo pero con más poder y con más presupuesto, empezando por el propio ministerio, que fue inventado ad hoc para el Che Guevara. Dilapidó a placer durante años en estúpidas quimeras como hacer de Cuba una potencia siderúrgica que dejaría pequeños los altos hornos de la cuenca del Ruhr. Entretanto la producción agraria se hundió, y eso que puso a trabajar a todo quisqui en domingos de trabajo presuntamente voluntario en los que hasta los contables eran obligados a recoger azúcar. Y nadie podía librarse porque bajo su mandato el derecho de huelga quedó derogado definitivamente. Tanto desbarajuste condujo a lo inevitable: a las cartillas de racionamiento, privilegio revolucionario que sigue vigente en la Isla cuarenta años después.
Hasta en Cuba, que es por méritos propios el país del despropósito, se dieron cuenta de los estropicios de su ministro y fue cesado después de cuatro años de desvarío. Fue entonces cuando comenzó una huída hacia delante que finalizaría dramáticamente en el pueblo boliviano de la Higuera.
No sabremos nunca si Fidel Castro le envió a Bolivia o fue una peregrina idea suya como la del Congo, que terminó como el rosario de la aurora ante la indiferencia de sus padrinos cubanos. Lo que si sabemos es que para entonces el Che era ya un tipo bastante incómodo que no hacía más que incordiar, poniendo de uñas a los soviéticos con sus enredos y su pose de iluminado.
Lo suyo terminó como tenía que terminar lo que había empezado mal. Un aventurero reconvertido en fanático cuyo único objetivo era hacer del mundo un lugar a la medida de sus prejuicios. Quiso crear un hombre nuevo imponiendo su parecer por la fuerza y no lo consiguió. Quiso cambiar el mundo con un fusil tratando de persuadir a los campesinos que él sabía mejor que ellos lo que les convenía y murió en el intento. Su enemigo no fue el imperialismo, ni la injusticia, ni siquiera Fidel Castro. Su enemigo fue el sentido común que, por la naturaleza misma del ser humano, siempre e inevitablemente termina triunfando.

* Fernando Díaz Villanueva es biógrafo de referencia del Che, con el libro Ernesto Che Guevara, editado por Dastin Export, S.L., Madrid, 2004.
Fernando Díaz Villanueva es miembro del
Instituto Juan de Mariana
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Cortesía de Lila Cuca Cañizares

Ernesto Guevara: Su cuestionable título de Médico

Enrique Ros

LiberPress- Diario Las Américas- Octubre de 2007- Existe un prolongado y enigmático silencio –que no quiebran sus numerosos y amables biógrafos- sobre la presencia de Ernesto Guevara en la Universidad de Buenos Aires y, muy particularmente, sobre las materias cursadas en prodigiosos tres últimos meses de su carrera.
Sólo se sabe que este hombre –que habiendo terminado su segundo año de Medicina ha permanecido durante ocho meses continuos fuera de Argentina, totalmente aislado, separado de la universidad; que en su recorrido por seis países no llevó con él un simple libro de texto y que, por su ausencia, no pudo haber asistido a un solo día de clases en la Facultad de Medicina- aprueba, 45 días después, el examen de Clínica Pediátrica, y, a los pocos días, ya en noviembre, el gran ausente aprueba tres materias que requerían la concurrencia a clase por 30 horas cada una (Resolución del Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas, del 29 de marzo de 1950).
Eso es poco. En diciembre, en menos de 22 días lectivos, aprueba once materias. Quince, -casi la mitad de los cursos necesarios para adquirir el doctorado- examinados y aprobados en apenas tres meses, sin haber asistido a clases ni a prácticas en todo el año con la probable excepción de las últimas semanas.
Muchas dudas surgen al analizar las materias aparentemente cursadas, de octubre a diciembre, en su último año universitario.
Para aclarar estas interrogantes nos dirigimos años atrás al Rectorado de la Universidad de Buenos Aires y, posteriormente, a la Secretaría de Asuntos Académicos de aquella universidad, solicitándoles me informaran sobre los requisitos exigidos por esa universidad en los años 1952 y 1953 para graduarse de médico.
Luego de distintas comunicaciones recibí de esta última funcionaria la Resolución del Consejo Directivo de la Facultad de Medicina sobre el ordenamiento de asignaturas y régimen de exámenes exigidos por esa universidad para graduarse de médico en los años 1952 y 53.
Al cotejar las exigencias de ese plan de estudios con las fechas en que Ernesto Guevara de la Serna aparecía aprobando distintas materias resultaba evidente que no habría podido recibir su título de médico.
Hubiese sido en flagrante violación de las regulaciones de la propia Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires que se le hubiese conferido tal título ya que de acuerdo a la Resolución arriba mencionada ese otorgamiento estaría en total incumplimiento de lo dispuesto por varios de sus artículos.
Veamos, tan sólo, uno de esos:
Artículo 13.- “Después de haber aprobado el examen de Clínica Médica, los alumnos completarán sus conocimientos prácticos durante un año, para lo cual concurrirán, obligatoriamente, durante tres meses a un servicio de Clínica Médica, tres meses a Clínica Quirúrgica, tres meses a Cirugía de Urgencia y Traumatología y tres meses a Clínica Obstétrica, con un mínimo de 24 horas semanales”.
Es decir, que después de Clínica Médica, supuestamente aprobada por Guevara en diciembre de 1952, tenía él que concurrir, obligatoriamente, durante doce meses a un servicio en cada una de las cuatro materias aquí señaladas. Pero es sólo seis meses después de su último examen que Guevara parte, en julio de 1953, de su país natal sin jamás regresar.
Ante esta contradicción me dirigí nuevamente a la Secretaría de Asuntos Académicos y a la Dirección General de Títulos y Planes de la Universidad de Buenos Aires señalándoles estas inconsistencias y se me informó que el plan de estudios que regía para los estudiantes que cursaban estudios en la Universidad de Buenos Aires en 1952 y 53 no se aplicaba a Ernesto Guevara porque éste se había matriculado en la Facultad de Medicina en el año 1948 cuando regía otro plan de estudios.
Al recibir esta nueva información solicitamos de la Secretaría de Asuntos Académicos y de la Directora de Alumnos el envío de este plan de estudios vigente cuando Ernesto Guevara ingresó en la Escuela de Medicina. Lo recibimos.
El plan de estudios vigente en 1948, cuando Guevara ingresa en la Escuela de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, requería asistencia a clases, la previa aprobación de determinadas materias y haber completado trabajos prácticos de otras asignaturas para pasar al siguiente año y, luego, para recibir el título.
Las horas de las clases a las que debía asistir en los 66 días lectivos de octubre, noviembre y diciembre para cubrir las materias que, supuestamente, ha examinado en ese período de tiempo, que están detalladas en mi libro “Guevara: Mito y Realidad”, ascendería a 1658 horas lectivas.
Ernesto Guevara dela Serna tendría que haber asistido 25 horas diarias!!! en cada uno de los 66 días lectivos de octubre, noviembre y diciembre de 1952 para haber cumplido con los requisitos académicos del plan de estudios de 1937 vigente en 1948 cuando se matriculó en la Escuela de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Ante estas nuevas contradicciones solicité copia del expediente académico de Ernesto Guevara.
¿Cumplió Guevara con todos los requisitos académicos para obtener su título?. Por el momento, no se sabrá. ¿Por qué?.
Se me comunicó que la Facultad de Medicina no podía ofrecerme copia porque el expediente académico de Ernesto Guevara de la Serna había sido robado.Luce comprensible que el expediente académico de este prodigioso estudiante haya desaparecido.

Ché, Fidel y la deconstrucción del símbolo

Jorge Hernández Fonseca
LiberPress- Cubalibredigital - 5 de Octubre de 2007- La reciente publicación por parte de la mayor y más prestigiosa revista semanal brasileña -la revista VEJA- de un largo artículo sobre Che Guevara, profuso de fotos, entrevistas y referencias, teniendo como motivo el 40 aniversario de su muerte violenta en las selvas bolivianas, termina decontruyendo un símbolo de la izquierda comunista latinoamericana y mundial, pacientemente fabricado en los laboratorios cubanos de desinformación. Ya era hora.
El mencionado artículo enfoca a Che Guevara en su verdadera magnitud de matador, y resalta su personalidad aventurera, enferma de ego y contradicciones, en busca siempre de hechos de sangre, cual vampiro justiciero contra “el enemigo capitalista”. Se comienza así a hacer justicia.
Para el gran público sudamericano, Che es un símbolo asociado a causas justas, a rebeldías juveniles y a la incesante búsqueda por la libertad. Nada tan lejos del verdadero sentimiento ideológico del Che. Los cubanos -todos- lo sabemos. Los comunistas, justifican a su matador justiciero por “necesario a la causa del proletariado”. Los demócratas opositores, lo desprecian.
Pero esta nueva visión que surge de las páginas de VEJA desde Brasil, nos lleva a analizar los factores que lanzaron a una revista seria e importante en el contexto latinoamericano, a procurar la verdad sobre un mito intocable, calificado por la revista ahora como una “farsa”.
Para los jóvenes que visten camiseta con la conocida imagen guerrillera, el factor simbólico que quieren representar no está asociado directamente a Cuba y su fracasada revolución. Sin embargo, cada camiseta con la imagen del “guerrillero matador”, es un triunfo socialista cubano en medio de su fracaso. El aspecto simbólico de Che suplanta la cruda realidad que vive la isla.
Pero, ¿qué ha llevado a un grupo de periodistas brasileños honestos y a una prestigiosa editora sudamericana a hurgar en lo que suponían como “verdades no dichas” sobre el Che? Sin dudas la semiótica tiene respuestas: No es posible imaginar un contraste mayor entre la figura radiante y eternamente joven de Che, y la imagen actual de un anciano decrépito en traje deportivo, que aparece de cuando en cuando balbuciente ante la cámaras de la televisión estatal cubana, representando a un país en ruinas, detenido en los años 50 del siglo pasado.
Los problemas cubanos han sido objeto de incesantes análisis externos, aduciendo siempre una complejidad que comienza ahora a despejarse. Casi siempre ha querido justificarse lo injustificable a partir de los aspectos básicamente simbólicos que la “revolución cubana” emanaba profusamente. Eso acabó. A Fidel Castro y su sucesor designado le restan símbolos envejecidos por la vileza de su oficio contra el pueblo cubano. No es sólo el aspecto geriátrico. Al Papa Juan Pablo II se le recuerda viejo y enfermo, pero con cariño. Castro es otra cosa.
La revolución que ofreció al mundo un mar de justicia para su pueblo, lo ha convertido en un mendigo africano dentro de América, que escapa de un verdadero museo del jurásico político mundial. El desastre político cubano ya es una realidad que nadie discute y esa revisión ahora de sus símbolos intocables dice mucho de la reevaluación que el mundo hace sobre la isla.
Sin embargo, nadie se llame a engaño. El mundo no liberará a Cuba de su yugo por el sólo hecho de comprender que el sistema comunista cubano es un fraude. Ejemplos sobran. En estos días, manifestaciones de monjes budistas en la antigua Birmania han hecho tambalear a la dictadura militar que oprime ese país. Ha habido reacciones y enviados especiales. Nada más; a pesar de que el pueblo se ha involucrado con 200 muertos y miles de presos. La solución tendrá que darla Birmania. ¿Existen monjes cubanos dispuestos al martirio por su pueblo? La respuesta es dolorosa, colaboracionismo disfrazado de doctrina.
Pero los ejemplos no se detienen en Birmania. España, el país que más pudiera hacer –después de EUA-- por la libertad de Cuba, se deshace en justificativas por donar nada menos que 20 millones de euros a las arcas ávidas de la dictadura. Simplemente despreciable.
Irán en otro contexto, se da el lujo de dar punto final a sus discusiones nucleares con occidente desde la mismísima tribuna de la ONU, sin que exista el necesario consenso para persuadir a los persas en su carrera atómica contra occidente. Si Israel, repetidamente amenazado por Irán de desaparecer, no usa la fuerza, nadie lo hará. ¿Que podemos hacer entonces los cubanos?
No se trata de incentivar la lucha desde lejos. La lucha vendrá cuando los cubanos de la isla decidan que deben hacerla. Todos merecen respeto. Pero no habrá comunidad internacional que fuerce a Raúl a hacer lo que no quiere hacer. Leemos a diario quejas venezolanas ante la comunidad mundial de hechos que los cubanos ya conocimos en carne propia antes. Escuchamos apelaciones al mundo desde Bolivia, amenazada por la misma ola comunista que Ecuador. La comunidad internacional es un ente al que apelamos cuando no podemos con la carga. Nadie que no sea doliente va a resolver un problema foráneo si no hay intereses de por medio y en Cuba no hay petróleo, ni riquezas que merezcan el sacrificio de sangre ajena.
Cuba continuará con su plaga de comunistas en el poder, repartiéndose y dilapidando la riqueza nacional, pero ya no tendrá más es el símbolo eternamente joven y enigmático del Che, que en adelante lucirá como la propaganda turística de un gulag tropical del siglo pasado.

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8/10/07

La máquina de matar. El Che Guevara, de agitador comunista a marca capitalista

por Álvaro Vargas Llosa


LiberPress- El Instituto Independiente/The New Republic- 11/7/2005- La imagen del Che representa una notable paradoja: la rebeldía ante el mercado desde el mercado. Frente a esta estrafalaria construcción, Álvaro Vargas Llosa contrapone la historia real del guerrillero, sus métodos brutales y su defensa de la violencia como motor del cambio revolucionario.
El Che Guevara, quien hizo tanto (¿o tan poco?) por destruir al capitalismo, es en la actualidad la quintaesencia de una marca capitalista. Su semblante adorna tazas de café, sudaderas, encendedores, llaveros, billeteras, gorras de beisbol, tocados, emblemas de rockeros, truzas, camisetas deportivas, carteras finas, jeans deshilachados, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes playeras con la fotografía, tomada por Alberto Korda, del galán socialista luciendo su boina durante los primeros años de la revolución, en el instante en que el Che de casualidad se introdujo en el visor del fotógrafo –y en la imagen que, treinta y ocho años después de su muerte, constituye aún el logotipo del revolucionario (¿o del capitalista?) “chic”. Sean O’Hagan sostuvo en The Observer que existe incluso un jabón en polvo con el eslogan “El Che lava más blanco”.
Los productos del Che son comercializados por grandes corporaciones y por pequeñas empresas, tales como la Burlington Coat Factory, la cual difundió un comercial televisivo presentando a un joven en pantalones elásticos luciendo una playera del Che, o la Flamingo’s Boutique en Union City, Nueva Jersey, cuyo propietario respondió a la furia de los exiliados cubanos locales con este argumento devastador: “Yo vendo lo que la gente desea comprar.” Los revolucionarios también se unieron a este frenesí de productos –desde “The Che Store”, que vende provisiones, hasta el sitio que atiende “todas sus necesidades revolucionarias” en Internet, y el escritor italiano Gianni Minà, quien le vendió a Robert Redford los derechos cinematográficos del diario del Che sobre su juvenil viaje alrededor de América del Sur en el año 1952 a cambio de poder acceder al rodaje del film Diarios de motocicleta y de que Minà pudiera producir su propio documental. Para no mencionar a Alberto Granado, quien acompañó al Che en su viaje de juventud y ahora asesora documentalistas, y que se quejaba hace poco en Madrid, según el diario El País, ante un Rioja y un magret de pato, de que el embargo estadounidense contra Cuba le dificulta el cobro de las regalías. Para llevar la ironía más lejos: el edificio en el cual nació Guevara en la ciudad de Rosario, Argentina, un espléndido inmueble de comienzos del siglo XX sito en la esquina de las calles Urquiza y Entre Ríos, se encontraba hasta hace poco ocupado por la administradora de fondos de jubilaciones y pensiones privada Máxima afjp, una hija de la privatización de la seguridad social argentina en la década de 1990.
La metamorfosis del Che Guevara en una marca capitalista no es nueva, pero la marca viene experimentando un renacimiento –un renacimiento especialmente destacable, dado que el mismo tiene lugar años después del colapso político e ideológico de todo lo que Guevara representaba. Esta suerte inesperada se debe sustancialmente a Diarios de motocicleta, la película producida por Robert Redford y dirigida por Walter Salles. (Es una de las tres películas más importantes sobre el Che ya realizadas o actualmente en rodaje en los últimos dos años; las otras dos han sido dirigidas por Josh Evans y Steven Soderbergh.) Hermosamente rodada en paisajes que claramente han eludido los efectos erosivos de la polución capitalista, el film exhibe al joven en un viaje de autodescubrimiento a medida que su conciencia social en ciernes tropieza con la explotación social y económica, lo que va preparando el terreno para la reinvención del hombre a quien Sartre llamara alguna vez el ser humano más completo de nuestra era.
Pero para ser más preciso, el actual renacimiento del Che se inició en 1997, en el trigésimo aniversario de su muerte, cuando cinco biografías abrumaron las librerías y sus restos fueron descubiertos cerca de una pista de aterrizaje en el aeropuerto de Vallegrande, en Bolivia, después de que un general boliviano retirado, en una revelación espectacularmente oportuna, indicara la ubicación exacta. El aniversario volvió a centrar la atención en la famosa fotografía de Freddy Alborta del cadáver del Che tendido sobre una mesa, escorzado, muerto y romántico, luciendo como Cristo en un cuadro de Mantegna.
Es usual que los seguidores de un culto no conozcan la verdadera historia de su héroe. (Muchos rastafaris renunciarían a Haile Selassie si tuvieran alguna idea de quien fue en realidad.) No sorprende que los seguidores contemporáneos de Guevara, sus nuevos admiradores postcomunistas, también se engañen a sí mismos al aferrarse a un mito –excepto los jóvenes argentinos que corean una expresión de rima perfecta: “Tengo una remera [una playera] del Che y no sé por qué.”
Considérese a algunos de los individuos que recientemente han blandido o invocado el retrato de Guevara como un emblema de justicia y rebelión contra el abuso de poder. En el Líbano, unos manifestantes que protestaban en contra de Siria ante la tumba del ex primer ministro Rafiq Hariri portaban la imagen del Che. Thierry Henry, un jugador de futbol francés que juega para el Arsenal, en Inglaterra, se apareció en una importante velada de gala organizada por la FIFA, el organismo del futbol mundial, vistiendo una playera roja y negra del Che. En una reciente reseña publicada en The New York Times sobre Land of the Dead de George A. Romero, Manohla Dargis destacaba que “el mayor impacto aquí puede ser el de la transformación de un zombi negro en un virtuoso líder revolucionario”, y agregó: “Creo que el Che en verdad vive, después de todo.”
El héroe del futbol Maradona ostentó el emblemático tatuaje del Che en su brazo derecho durante un viaje en el que se reunió con Hugo Chávez en Venezuela. En Stavropol, al sur de Rusia, unos manifestantes que reclamaban los pagos en efectivo de los beneficios del bienestar social tomaron la plaza central con banderas del Che. En San Francisco, City Lights Books, el legendario hogar de la literatura beat, invita a los visitantes a una sección dedicada a América Latina en la cual la mitad de los estantes se encuentra ocupada por libros del Che. José Luis Montoya, un oficial de policía mexicano que combate el crimen relacionado con las drogas en Mexicali, luce una cinta del Che alrededor de la cabeza porque ella lo hace sentirse más fuerte. En el campo de refugiados de Dheisheh, en la margen occidental del río Jordán, los carteles del Che adornan un muro que le rinde tributo a la Intifada. Una revista dominical dedicada a la vida social en Sydney enumera a los tres invitados ideales en una cena: Alvar Aalto, Richard Branson y el Che Guevara. Leung Kwok-hung, el rebelde elegido a la junta legislativa de Hong Kong, desafía a Pekín al vestir una playera del Che. En Brasil, Frei Betto, consejero del presidente Lula da Silva y encargado del programa de alto perfil “Hambre Cero”, afirma que “deberíamos prestarle menos atención a Trotsky y mucha más al Che Guevara”. Y lo más estupendo de todo: en la ceremonia de este año de los Óscares, Carlos Santana y Antonio Banderas interpretaron la canción principal de la película Diarios de motocicleta: Santana se presentó luciendo una camiseta del Che y un crucifijo. Las manifestaciones del nuevo culto del Che están por todas partes. Una vez más el mito está apasionando a individuos cuyas causas, en su mayor parte, representan exactamente lo opuesto de lo que era Guevara.
Ningún hombre carece de algunas cualidades atenuantes. En el caso del Che Guevara, esas cualidades pueden ayudarnos a medir el abismo que separa la realidad del mito. Su honestidad (quiero decir: honestidad parcial) significa que dejó testimonio escrito de sus crueldades, incluido lo muy malo, aunque no lo peor. Su coraje –que Castro describió como “su manera, en los momentos difíciles y peligrosos, de hacer las cosas más difíciles y peligrosas”– significa que no vivió para asumir la plena responsabilidad por el infierno de Cuba. El mito puede decir tanto acerca de una época como la verdad. Y es así como, gracias a los propios testimonios que el Che brinda de sus pensamientos y de sus actos, y gracias también a su prematura desaparición, podemos saber exactamente cuán engañados están muchos de nuestros contemporáneos respecto de muchas cosas.
Guevara puede haberse enamorado de su propia muerte, pero estaba mucho más enamorado de la muerte ajena. En abril de 1967, hablando por experiencia, resumió su idea homicida de la justicia en su “Mensaje a la Tricontinental”: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar.” Sus primeros escritos se encuentran también sazonados con esta violencia retórica e ideológica. A pesar de que su ex novia Chichina Ferreyra duda de que la versión original de los diarios de su viaje en motocicleta contenga la observación de “siento que mis orificios nasales se dilatan al saborear el amargo olor de la pólvora y de la sangre del enemigo”, Guevara compartió con Granado en esa temprana edad esta exclamación: “¿Revolución sin disparar un tiro? Estás loco.” En otras ocasiones, el joven bohemio parecía incapaz de distinguir entre la frivolidad de la muerte como un espectáculo y la tragedia de las víctimas de una revolución. En una carta a su madre en 1954, escrita en Guatemala, donde fue testigo del derrocamiento del gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, escribió: “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía.”
La disposición de Guevara cuando viajaba con Castro desde México a Cuba a bordo del Granma es capturada en una frase de una carta a su esposa que redactó el 28 de enero de 1957, no mucho después de desembarcar, publicada en su libro Ernesto: Una biografía del Che Guevara en Sierra Maestra: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre.” Esta mentalidad había sido reforzada por su convicción de que Arbenz había perdido el poder debido a que había fallado en ejecutar a sus potenciales enemigos. En una carta anterior a su ex novia Tita Infante, había observado que “Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes”. No sorprende que durante la lucha armada contra Batista, y luego tras el ingreso triunfal en La Habana, Guevara asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios sumarios de muchísimas personas –enemigos probados, meros sospechados y aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado.
En enero de 1957, tal como lo indica su diario desde la Sierra Maestra, Guevara le disparó a Eutimio Guerra porque sospechaba que aquel se encontraba pasando información: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola del calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal derecho... sus pertenencias pasaron a mi poder.” Más tarde mató a tiros a Aristidio, un campesino que expresó el deseo de irse cuando los rebeldes siguieran su camino. Mientras se preguntaba si esta victima en particular “era en verdad lo suficientemente culpable como para merecer la muerte”, no vaciló en ordenar la muerte de Echevarría, el hermano de uno de sus camaradas, en razón de crímenes no especificados: “Tenía que pagar el precio.” En otros momentos simularía ejecuciones sin llevarlas a cabo, como un método de tortura psicológica.
Luis Guardia y Pedro Corzo, dos investigadores que se encuentran trabajando en Florida en un documental sobre Guevara, han obtenido el testimonio de Jaime Costa Vázquez, un ex comandante del ejército revolucionario conocido como “el Catalán”, quien sostiene que muchas de las ejecuciones atribuidas a Ramiro Valdés (futuro ministro del interior de Cuba) fueron responsabilidad directa de Guevara, debido a que Valdés se encontraba bajo sus órdenes en las montañas. “Ante la duda, mátalo” fueron las instrucciones del Che. En vísperas de la victoria, según Costa, el Che ordenó la ejecución de un par de docenas de personas en Santa Clara, en Cuba central, hacia donde había marchado su columna como parte de un asalto final contra la isla. Algunos de ellos fueron muertos en un hotel, como ha escrito Marcelo Fernándes-Zayas, otro ex revolucionario que después se convertiría en periodista (agregando que entre los ejecutados había campesinos conocidos como casquitos que se habían unido al ejército simplemente para escapar del desempleo).
Pero la “fría máquina de matar” no dio muestra de todo su rigor hasta que, inmediatamente después del colapso del régimen de Batista, Castro lo pusiera a cargo de la prisión de La Cabaña. (Castro tenía un buen ojo clínico para escoger a la persona perfecta para proteger a la revolución contra la infección.) San Carlos de La Cabaña es una fortaleza de piedra que fue utilizada para defender La Habana contra los piratas ingleses en el siglo XVIII; más tarde se convirtió en un cuartel militar. De una manera que evoca al escalofriante Lavrenti Beria, Guevara presidió durante la primera mitad de 1959 uno de los periodos más oscuros de la revolución. José Vilasuso, abogado y profesor en la Universidad Interamericana de Bayamón en Puerto Rico, quien pertenecía al grupo encargado del proceso judicial sumario en La Cabaña, me dijo recientemente que El Che dirigió la Comisión Depuradora. El proceso se regía por la ley de la sierra: tribunal militar de hecho y no jurídico, y el Che nos recomendaba guiarnos por la convicción. Esto es: “Sabemos que todos son unos asesinos, luego proceder radicalmente es lo revolucionario.” Miguel Duque Estrada era mi jefe inmediato. Mi función era de instructor. Es decir legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal, sin juicio propio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo de madrugada, poco después de dictar sentencia y declarar sin lugar [de oficio] la apelación. La noche más siniestra que recuerdo se ejecutaron siete hombres.
Javier Arzuaga, el capellán vasco que les brindaba consuelo a aquellos condenados a morir y que presenció personalmente docenas de ejecuciones, habló conmigo recientemente desde su casa en Puerto Rico. Ex sacerdote católico de setenta y cinco años de edad, quien se describe como “más cercano a Leonardo Boff y a la Teología de la Liberación que al ex cardenal Cardinal Ratzinger”, Arzuaga recuerda que La cárcel de La Cabaña se mantuvo llena a rebosar. Sobre 800 hombres hacinados en un espacio pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos de la policía, algunos “chivatos”, periodistas, empresarios o comerciantes. El juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en esas vistas. Todos los días yo visitaba la “galera de la muerte”, donde permanecían los prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara dio orden de que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Yo asistí a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo de la justicia. Lo llamábamos “el carnicero” porque gozaba gritando “pelotón, atención, preparen, apunten, fuego”. Conversé varias veces con el Che con el fin de interceder por determinadas personas. Recuerdo muy bien el caso de Ariel Lima que era menor de edad, pero fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones con igual propósito. Sufrí un trauma. A finales de mayo me sentía mal y se me recomendó abandonar la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y que yo había atendido en los últimos tres años. Me fui a México para un tratamiento. Cuando nos despedíamos, el Che Guevara me dijo que nos habíamos llevado bien, tratando los dos de sacar el otro de su campo para atraerlo al de uno. “Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las caretas que hemos llevado puestas, seremos enemigos frente a frente.”
¿Cuánta gente fue asesinada en La Cabaña? Pedro Corzo ofrece una cifra de unos doscientos, similar a la proporcionada por Armando Lago, un profesor de economía retirado que ha compilado una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años sobre las ejecuciones en Cuba. Vilasuso me dijo que cuatrocientas personas fueron ejecutadas entre el mes de enero y fines de junio de 1959 (fecha en la que el Che dejó de estar a cargo de La Cabaña). Los cables secretos enviados por la Embajada de Estados Unidos en La Habana al Departamento de Estado en Washington hablan de “más de quinientos”. Según Jorge Castañeda, uno de los biógrafos de Guevara, un católico vasco simpatizante de la revolución, el fallecido padre Iñaki de Aspiazú, hablaba de setecientas víctimas. Félix Rodríguez, un agente de la cia quien fue parte del equipo a cargo de la captura de Guevara en Bolivia, me dijo que él encaró al Che después de su captura respecto de “las dos mil y pico” ejecuciones por las que fue responsable durante su vida. “Dijo que todos eran agentes de la cia y no se refirió a la cifra”, recuerda Rodríguez. Las cifras más altas pueden incluir ejecuciones que tuvieron lugar en los meses posteriores a la fecha en que el Che dejó de estar a cargo de la prisión.
Lo cual nos trae de regreso a Carlos Santana y a su elegante indumentaria del Che. En una carta abierta publicada en El Nuevo Herald el 31 de marzo de este año, el gran músico de jazz Paquito D’Rivera reprochó a Santana su vestuario en la ceremonia de los premios Óscar, y agregó: “Uno de esos cubanos fue mi primo Bebo, preso allí precisamente por ser cristiano. Él me cuenta siempre con amargura cómo escuchaba desde su celda en la madrugada los fusilamientos sin juicio de muchos que morían gritando “¡Viva Cristo Rey!”
El ansia de poder del Che tenía otras maneras de expresarse además del asesinato. La contradicción entre su pasión por viajar –una especie de protesta contra las limitaciones del Estado-nación– y su impulso por convertirse en miembro de un Estado esclavizante en relación con otras personas es patética. Al escribir acerca de Pedro Valdivia, el conquistador de Chile, Guevara reflexionaba: “Pertenecía a esa clase especial de hombres a los que la especie produce de vez en cuando, en quienes un anhelo por el poder ilimitado es tan extremo que cualquier sufrimiento para lograrlo parece natural.” Podría haber estado describiéndose a sí mismo.
En cada etapa de su vida adulta, su megalomanía se manifestaba en el impulso depredador por apoderarse de las vidas y de la propiedad de otras personas, y de abolir su libre voluntad.
En 1958, después de tomar la ciudad de Sancti Spíritus, Guevara intento sin éxito imponer una especie de sharia, regulando las relaciones entre los hombres y las mujeres, el uso del alcohol, y el juego informal –un puritanismo que no caracterizaba precisamente su propia forma de vida. Les ordenó también a sus hombres que asaltaran bancos, una decisión que justificó en una carta a Enrique Oltuski, un subordinado, en noviembre de ese año: “Las masas que luchan están de acuerdo con asaltar a los bancos porque ninguno de ellos tiene un centavo en los mismos.” Esta idea de la revolución como una licencia para reasignar la propiedad según le conviniera condujo al puritano marxista a apoderarse de la mansión de un emigrante tras el triunfo de la revolución.
El impulso de desposeer a los demás de su propiedad y de reclamar la propiedad del territorio de otros fue central en la política opresiva de Guevara. En sus memorias, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser cuenta que Guevara le preguntó cuántas personas habían abandonado su país debido a la reforma agraria. Cuando Nasser replicó que ninguna, el Che contestó enojado que la manera de medir la profundidad del cambio es a través del número de individuos “que sienten que no hay lugar para ellos en la nueva sociedad”. Este instinto depredador alcanzó una apoteosis en 1965, cuando empezó a hablar, como Dios, acerca del “hombre nuevo” que él y su revolución crearían.
La obsesión del Che con el control colectivista lo llevó a colaborar en la formación del aparato de seguridad que fue establecido para subyugar a seis millones y medio de cubanos. A comienzos de 1959, una serie de reuniones secretas tuvo lugar en Tarará, cerca de La Habana, en la mansión a la cual el Che temporalmente se retiró para recuperarse de una enfermedad. Allí fue donde los líderes principales, incluido Castro, diseñaron al Estado policíaco cubano. Ramiro Valdés, subordinado del Che durante la guerra de guerrillas, fue puesto al mando del G-2, un cuerpo inspirado en la Cheka. Ángel Ciutah, un veterano de la Guerra Civil Española enviado por los soviéticos, que había estado muy cerca de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, y que más tarde entablaría amistad con el Che, desempeñó un papel fundamental en la organización del sistema, junto con Luis Alberto Lavandeira, quien había servido al jefe en La Cabaña. El propio Guevara se hizo cargo del G-6, el grupo al que se le encomendó el adoctrinamiento ideológico de las fuerzas armadas. La invasión respaldada por Estados Unidos de Bahía de Cochinos en abril de 1961 se convirtió en la ocasión perfecta para consolidar el nuevo Estado policíaco, con el acorralamiento de decenas de miles de cubanos y una nueva serie de ejecuciones. Como el mismo Guevara le expresó al embajador soviético Serguéi Kudriavtsev, los contrarrevolucionarios nunca “volverían a levantar su cabeza”.
“Contrarrevolucionario” es el término que se le aplicaba a cualquiera que se apartara del dogma. Era el equivalente comunista de “hereje”. Los campos de concentración eran una forma en la cual el poder dogmático era empleado para suprimir la discrepancia. La historia le atribuye al general español Valeriano Weyler, el capitán general de Cuba a finales del siglo XIX, haber empleado por vez primera la palabra “concentración” para describir la política de cercar a las masas de potenciales opositores –en su caso a los simpatizantes del movimiento independentista cubano– con alambre de púas y empalizadas. Qué irónico (y apropiado) que los revolucionarios de Cuba más de medio siglo después continuaran con esta tradición local. Al principio, la revolución movilizó a voluntarios para construir escuelas y para trabajar en los puertos, plantaciones y fábricas –todas ellas exquisitas oportunidades fotográficas para el Che estibador, el Che cortador de caña, el Che fabricante de telas. No pasó mucho tiempo antes de que el trabajo voluntario se volviera un poco menos voluntario: el primer campamento de trabajos forzados, Guanahacabibes, fue establecido en Cuba occidental hacia el final de 1960. Así es como el Che explicaba la función desempeñada por este método de confinamiento: “A Guanahacabibes se manda a la gente que no debe ir a la cárcel, la gente que ha cometido faltas a la moral revolucionaria de mayor o menor grado... es trabajo duro, no trabajo bestial.”
Este campamento fue el precursor del confinamiento sistemático, a partir de 1965 en la provincia de Camagüey, de disidentes, homosexuales, víctimas del sida, católicos, testigos de Jehová, sacerdotes afrocubanos, y otras “escorias” por el estilo, bajo la bandera de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Hacinados en autobuses y camiones, los “desadaptados” serían transportados a punta de pistola a los campos de concentración organizados sobre la base del modelo de Guanahacabibes. Algunos nunca regresarían; otros serían violados, golpeados o mutilados; y la mayoría quedarían traumatizados de por vida, como el sobrecogedor documental de Néstor Almendros Conducta impropia se lo mostrara al mundo un par de décadas antes de ahora.
De esta manera, la revista Time parece haber errado en agosto de 1960 cuando describió la división del trabajo de la revolución con una nota de tapa presentando al Che Guevara como el “cerebro”, a Fidel Castro como el “corazón” y a Raúl Castro como el “puño”. Pero la percepción revelaba el papel crucial de Guevara en hacer de Cuba un bastión del totalitarismo. El Che era de alguna manera un candidato improbable para la pureza ideológica, dado su espíritu bohemio, pero durante los años de entrenamiento en México y en el periodo resultante de la lucha armada en Cuba emergió como el ideólogo comunista locamente enamorado de la Unión Soviética, en gran medida para molestia de Castro y de otros que eran esencialmente oportunistas dispuestos a utilizar cualquier medio necesario para ganar poder. Cuando los aspirantes a revolucionarios fueron arrestados en México en 1956, Guevara fue el único que admitió que era un comunista y que estaba estudiando ruso. (Habló abiertamente de su relación con Nikolái Leonov de la Embajada Soviética.) Durante la lucha armada en Cuba, forjó una férrea alianza con el Partido Socialista Popular (el partido comunista de la isla) y con Carlos Rafael Rodríguez, un jugador importante en la conversión del régimen de Castro al comunismo.
Esta fanática disposición convirtió al Che en una parte esencial de la “sovietización” de la revolución que se había jactado reiteradamente de su carácter independiente. Muy poco después de que los barbudos llegaran al poder, Guevara participó de negociaciones con Anastas Mikoyan, el viceprimer ministro soviético, quien visitó Cuba. Le fue confiada la misión de promover las negociaciones sovieticocubanas durante una visita a Moscú a finales de 1960. (La misma fue parte de un largo viaje en el cual la Corea del Norte de Kim Il Sung fue el país que “más” lo impresionó.) El segundo viaje a Rusia de Guevara, en agosto de 1962, fue aún más significativo, en razón de que él mismo selló el acuerdo para convertir a Cuba en una cabeza de playa nuclear soviética. Se reunió con Jrúshchiov en Yalta para finalizar los detalles sobre una operación que ya se había iniciado, y que involucraba la introducción en la isla de cuarenta y dos misiles soviéticos, la mitad de los cuales estaban armados con ojivas nucleares, así como también lanzadores y unos cuarenta y dos mil soldados. Tras presionar a sus aliados soviéticos sobre el peligro de que Estados Unidos pudiera descubrir lo que estaba aconteciendo, Guevara obtuvo garantías de que la marina soviética intervendría –en otras palabras, de que Moscú estaba preparada para ir a la guerra.
Según la biografía de Guevara de Philippe Gavi, el revolucionario había alardeado que “su país se encuentra deseoso de arriesgarlo todo en una guerra atómica de inimaginable capacidad destructiva para defender un principio”. Apenas después de finalizada la crisis de los misiles cubanos –cuando Jrúshchiov renegó de la promesa hecha en Yalta y negoció un acuerdo con Estados Unidos a espaldas de Castro, que incluía retirar los misiles estadounidenses de Turquía– Guevara dijo a un periódico comunista británico: “Si los cohetes hubieran permanecido, los habríamos utilizado todos y dirigido contra el mismo corazón de Estados Unidos, incluida Nueva York, en nuestra defensa contra la agresión.” Y un par de años más tarde, en las Naciones Unidas, fue leal a las formas: “Como marxistas hemos sostenido que la coexistencia pacífica entre las naciones no incluye la coexistencia entre los explotadores y el explotado.”
Guevara se distanció de la Unión Soviética en los últimos años de su vida. Lo hizo por las razones equivocadas, culpando a Moscú por ser demasiado blando ideológica y diplomáticamente, y hacer demasiadas concesiones –a diferencia de la China maoísta, a la cual llegó a ver como un refugio de la ortodoxia. En octubre de 1964, un memo escrito por Oleg Darusénkov, un funcionario soviético cercano a él, cita a Guevara diciendo: “Les pedimos armas a los checoslovacos; y nos rechazaron. Luego se las pedimos a los chinos; dijeron que sí en pocos días, y ni siquiera nos cobraron, declarando que uno no le vende armas a un amigo.” En realidad, Guevara se resintió por el hecho de que Moscú le estaba solicitando a otros miembros del bloque comunista, incluida Cuba, algo a cambio de su colosal ayuda y de su apoyo político. Su ataque final contra Moscú llegó en Argelia, en febrero de 1965, en una conferencia internacional en la que acusó a los soviéticos de adoptar la “ley del valor”, es decir, el capitalismo. Su ruptura con los soviéticos, en síntesis, no fue un grito en favor de la independencia. Fue un alarido al estilo de Enver Hoxha en aras de la total subordinación de la realidad a la ciega ortodoxia ideológica.
El gran revolucionario tuvo una oportunidad de poner en práctica su visión económica –su idea de la justicia social– como director del Banco Nacional de Cuba y del Departamento de Industria del Instituto Nacional de la Reforma Agraria a fines de 1959, y, desde principios de 1961, como ministro de Industria. El periodo en el cual Guevara estuvo a cargo de la mayor parte de la economía cubana atestiguó el cuasi colapso de la producción de azúcar, el fracaso de la industrialización, y la introducción del racionamiento –todo esto en el que había sido uno de los cuatros países económicamente más exitosos de América Latina desde antes de la dictadura de Batista.
Su tarea como director del Banco Nacional, durante la cual imprimió billetes que llevaban la firma “Che”, ha sido sintetizada por su asistente, Ernesto Betancourt: “Encontré en el Che una ignorancia absoluta de los principios más elementales de la economía.” Los poderes de percepción de Guevara respecto de la economía mundial fueron muy bien expresados en 1961, durante una conferencia hemisférica celebrada en Uruguay, donde predijo una tasa de crecimiento para Cuba del diez por ciento “sin el menor temor”, y, para 1980, un ingreso percapita mayor que el de “los EE.UU. en la actualidad”. En verdad, hacia 1997, en el trigésimo aniversario de su muerte, cada cubano se encontraba bajo una dieta consistente en una ración de cinco libras de arroz y una libra de frijoles por mes; cuatro onzas de carne dos veces al año; cuatro onzas de pasta de soya por semana, y cuatro huevos por mes.
La reforma agraria le quitó tierra al rico, pero se la dio a los burócratas, no a los campesinos. (El decreto fue redactado en la casa del Che.) En nombre de la diversificación, el área cultivada fue reducida y la mano de obra disponible distraída hacia otras actividades. El resultado fue que, entre 1961 y 1963, la cosecha se redujo a la mitad: apenas unos 3.8 millones de toneladas métricas. ¿Se justificaba este sacrificio por el fomento de la industrialización cubana? Desdichadamente, Cuba carecía de materias primas para la industria pesada, y, como una consecuencia de la redistribución revolucionaria, no contaba con una moneda sólida con la cual adquirirlas –o incluso adquirir los productos básicos. Para 1961, Guevara estaba teniendo que dar explicaciones embarazosas a los trabajadores en la oficina: “Nuestros camaradas técnicos en las compañías han producido una pasta dental... tan buena como la anterior; limpia exactamente lo mismo, a pesar de que después de un tiempo se vuelve una piedra.” Para 1963, todas las esperanzas de industrializar Cuba fueron abandonadas, y la revolución aceptó su papel de proveedora colonial de azúcar al bloque soviético a cambio de petróleo para cubrir sus necesidades y para revenderlo a otros países. Durante las tres décadas siguientes, Cuba sobreviviría con base en un subsidio soviético de más o menos entre 65,000 millones y cien mil millones de dólares.
Habiendo fracasado como héroe de la justicia social, ¿merece Guevara un lugar en los libros de historia como un genio de la guerra de guerrillas? Su mayor logro militar en la lucha contra Batista –la toma de la ciudad de Santa Clara después de emboscar un tren con pesados refuerzos– está seriamente cuestionado. Numerosos testimonios indican que el conductor del tren se rindió de antemano, acaso tras aceptar sobornos. (Gutiérrez Menoyo, quien dirigía un grupo guerrillero diferente en esa área, está entre aquellos que han criticado la historia oficial de Cuba sobre la victoria de Guevara.) Inmediatamente después del triunfo de la revolución, Guevara organizó ejércitos guerrilleros en Nicaragua, la República Dominicana, Panamá, y Haití –todos los cuales fueron aplastados. En 1964, envió al revolucionario argentino Jorge Ricardo Masetti a su muerte al persuadirlo de que montara un ataque contra su país natal desde Bolivia, justo después de que la democracia representativa había sido restablecida en la Argentina.
Particularmente desastrosa fue la expedición al Congo en 1965. Guevara se alió con dos rebeldes –Pierre Mulele en el oeste y Laurent Kabila en el este– contra el desagradable gobierno congoleño, el cual era sostenido por Estados Unidos, por mercenarios sudafricanos y exiliados cubanos. Mulele había tomado posesión de Stanleyville antes de ser repelido. Durante su reinado de terror, tal como lo ha escrito V.S. Naipaul, asesinó a todos aquellos que podían leer y a todos los que vestían una corbata. Respecto del otro aliado de Guevara, Laurent Kabila, se trataba meramente de un perezoso y un corrupto por aquel entonces; pero el mundo descubriría en los años noventa que también él era una máquina de matar. En cualquier caso, Guevara se pasó gran parte de 1965 ayudando a los rebeldes en el este antes de abandonar el país de manera ignominiosa. Poco tiempo después, Mobutu llegó al poder e instaló una tiranía de décadas. (En los países latinoamericanos, de la Argentina al Perú, las revoluciones inspiradas en el Che tuvieron el mismo resultado práctico de reforzar el militarismo brutal durante muchos años.)
En Bolivia, el Che fue nuevamente derrotado, y por última vez. Malinterpretó la situación local. Una reforma agraria había tenido lugar unos años antes; el gobierno había respetado muchas de las instituciones de las comunidades campesinas; y el ejército era cercano a Estados Unidos a pesar de su nacionalismo. “Las masas campesinas no nos ayudan en absoluto” fue la melancólica conclusión de Guevara en su diario boliviano. Aún peor: Mario Monje, el líder comunista local, quien no tenía estómago para una guerra de guerrillas tras haber sido humillado en los comicios, condujo a Guevara hacia una ubicación vulnerable en el sudeste del país. Las circunstancias de la captura del Che en la quebrada del Yuro, poco después de reunirse con el intelectual francés Régis Debray y el pintor argentino Ciro Bustos, ambos arrestados cuando abandonaban el campamento, fueron, como gran parte de la expedición boliviana, cosa de aficionados.
Guevara fue ciertamente audaz y corajudo, y rápido para organizar la vida con base en principios militares en los territorios bajo su control, pero no era un General Giap. Su libro La guerra de guerrillas enseña que las fuerzas populares pueden vencer a un ejército, que no es necesario aguardar a que se den las condiciones necesarias ya que un foco insurreccional puede provocarlas, y que el combate debe tener lugar principalmente en el campo. (En su receta para la guerra de guerrillas, reserva también para las mujeres el papel de cocineras y enfermeras.) Sin embargo, el ejército de Batista no era un ejército sino un corrupto manojo de matones carente de motivación y sin mucha organización; los focos guerrilleros, con la excepción de Nicaragua, terminaron todos en cenizas para los foquistas, y América Latina se ha vuelto urbana en un setenta por ciento en estas últimas cuatro décadas. Al respecto, también, el Che Guevara fue un cruel alucinado.
En las últimas décadas del siglo XIX, la Argentina tenía la segunda tasa de crecimiento más grande del mundo. Hacia la década de 1890, el ingreso real de los trabajadores argentinos era superior al de los trabajadores suizos, alemanes y franceses. Para 1928, ese país ocupaba el 12o lugar en el mundo en cuanto a su pbi per capita. Ese logro, que las siguientes generaciones arruinarían, se debió en gran medida a Juan Bautista Alberdi.
Al igual que Guevara, a Alberdi le gustaba viajar: caminó a través de las pampas y de los desiertos de norte a sur a los catorce años de edad, rumbo a Buenos Aires. Como Guevara, Alberdi se oponía a un tirano, Juan Manuel Rosas. Igual que Guevara, Alberdi tuvo la oportunidad de influir sobre un líder revolucionario en el poder –Justo José de Urquiza, quien derrocó a Rosas en 1852. Como Guevara, Alberdi representó al nuevo gobierno en giras mundiales, y murió en el exterior. Pero a diferencia del viejo y nuevo predilecto de la izquierda, Alberdi nunca mató una mosca. Su libro, Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina, fue la base de la Constitución de 1853 que limitó el Estado, abrió el comercio, alentó la inmigración y aseguró los derechos de propiedad, inaugurando de ese modo un periodo de setenta años de asombrosa prosperidad. No se entremetió en los asuntos de otras naciones, y se opuso a la guerra de su país contra el Paraguay. Su semblante no adorna el abdomen de Mike Tyson. ~

Traducción de Gabriel Gasave

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